jueves, 18 de noviembre de 2010

La escapada.

Institute auf den Rosenberg
La escapada.
El paisaje que se contempla desde la Nusbaum Terrase no es tan espectacular como el que se divisa desde el mirador de Säntis, donde se pueden avistar hasta seis países diferentes pero, desde una cercanía, en cierto modo amigable y cautivadora, puede vislumbrarse la bella ciudad de Sankt Gallen, su catedral y las pequeñas casas burguesas de su entorno.

En los días de invierno solía sentarse Luis al atardecer en un banco de madera situado al pie del gran nogal que daba nombre a la terraza y disfrutar de los momentos libres de su trabajo en el Instituto. Hacía tres meses que había sido contratado como gerente de administración del Instituto gracias, además de sus referencias profesionales, al buen nivel que había alcanzado en el idioma alemán culto.

Su salario era suficiente para poder vivir con holgura y ser al mismo tiempo feliz, sobre todo teniendo en cuenta el placer que sentía al pensar que vivía íntegramente de su propio trabajo sin que nadie intentase intervenir o influir sobre su personalidad, como solía ocurrir cuando vivía en la ciudad de Barcelona.

La tarde era fría y algunos pequeños copos de nieve caían desordenadamente sobre la terraza, sin poder cuajar por ser muy livianos y escasos. Luis apreciaba su llegada y disfrutaba observando los pequeños remolinos que se producían en el aire hasta que los copos desaparecían entre las ramas de los árboles que rodeaban los edificios de los estudiantes internos del Instituto.

Las nubes tenían ese color gris monótono que uniformaba el cielo, un gris implacable en lo alto, pero que permitía observar el paisaje como una fotografía precisa en líneas y figuras. Los edificios que rodeaban la terraza se ofrecían ordenadamente con ese diseño tradicional suizo que tanto le atraía y la luz grisácea exterior ayudaba a resaltar su bella arquitectura.

Destacaba sobre todos los demás edificios la casa principal de muros de ladrillo color granate, ventanas altas, tejados abuhardillados y balcones señoriales con barandas construidas con hierro forjado. Los demás edificios, a los que se accedía por suelos de hierba menuda y tupida, estaban rodeados de árboles altos y frondosos.

Durante el verano no le había sido posible disfrutar de esos momentos tranquilos, porque a esas horas se oía el grito del profesor Schneider: “Nusbaum Terrase, Nusbaum Terrase” y los estudiantes, llamados al unísono por las campanas exteriores y por los gritos estruendosos del profesor, acudían presurosos a formar filas y realizar ejercicios gimnásticos.

Pero ahora ya había llegado el otoño y los alumnos se entrenaban en el gimnasio cubierto. El cielo se había cubierto con una capa gris de nubes y el frío comenzaba a extenderse por los edificios, campos, árboles y caminos.

Luís se encontraba bien físicamente con esa temperatura y el jersey de lana que se había comprado en una tienda cercana a su pensión le ayudaba incluso a sentirse muy confortable y, hasta cierto punto, elegante.

Respiró profundamente. El aire entró en sus pulmones con fuerza y agradeció hasta el último átomo de ese oxígeno montañero y embriagador. Le encantaba esa sensación de sentirlo llegar hasta el último rincón de sus pulmones llenándole de vida. Su gran capacidad torácica le permitía disfrutar con plenitud de esa respiración y se sentía sano y fuerte.

Apoyándose sobre el respaldo del banco estiró las piernas clavando los tacones de sus zapatos sobre la hierba. Le pareció que en esa postura sus piernas eran más largas que de costumbre. Se consideraba personalmente un hombre de buena estatura y con esos zapatos de cuero oscuro y robustas suelas de goma parecía aún más alto. Esa idea le indujo básicamente a comprarlos con la excusa de que serían necesarios para caminar con seguridad sobre el suelo normalmente húmedo de la ciudad.

Los copos de nieve empezaron a caer con mayor frecuencia y el viento frío los empujaba a ráfagas hacia él por lo que, poniéndose la gorra, los guantes y el chaquetón de piel que había depositado antes en el banco, se levantó y caminó con paso lento hacia el final de la terraza. Bajó por una escalinata de piedras grisáceas y recorrió un sendero que le condujo hasta una gran puerta enrejada en cuyo frontispicio podía leerse en letras doradas el nombre “Institut auf dem Rosenberg”.

Luís bajó hacia la ciudad caminando por una estrecha carretera asfaltada que bordeaba. al Instituto. Los árboles lindantes creaban en otoño un bello entorno colorista y de vez en cuando dejaban entrever algunos prados generalmente delimitados por setos de hoja verde perenne. Le gustaba caminar despacio por esa carretera en declive observando las laderas de las colinas que descendían hacia la ciudad, las casas señoriales, los árboles, los caminos y los pequeños barrancos formados por la lluvia.

Al fondo, los tejados grises de las casas de la ciudad se enlazaban apretadamente entre sí en torno a la catedral con una suerte de instinto natural protector para evitar recibir en soledad el frío del invierno.

Comenzaba a anochecer y las luces de las farolas alumbraban débilmente, volviéndose el asfalto de un color más negro, produciéndole una sensación cada vez más acentuada de oscuridad. Luis aceleró el paso deseando llegar cuanto antes a casa. Este fin de semana lo iba a dedicar en su totalidad a leer y escuchar música, pasear por la ciudad y comer en un pequeño restaurante romántico recomendado por su patrona, la señora Paukner.

- Luis, no deje de visitar el restaurante Alpenrose, cerca de la catedral - le había aconsejado una vez mirándole maliciosamente – Sobre todo si va acompañado.

Decididamente, almorzaría allí y complacería a la señora Paukner.

Luís recurría con frecuencia a un monólogo interior para analizar sus pensamientos, sentimientos y sensaciones. Nunca estaba aburrido aunque cualquier observador ajeno pudiera pensarlo al verle siempre silencioso, unas veces sentado en un banco de un parque o incluso de una acera, otras en una mesa de un restaurante comiendo en solitario o tomando una copa en la barra de un bar.

Con esa vida interior no podía aburrirse: pero si el aburrimiento era considerado por algunos como la anestesia de los sentidos, para Luís la anestesia de los sentidos era la música estridente, el ruido del tráfico, la algarabía en los bares, los gritos, los portazos.Quizás por ello cuando vivía en Barcelona visitaba de vez en cuando el cementerio del Poble Nou ante la incomprensión de sus amigos.

- “No voy al cementerio -les decía- voy al aeropuerto”

En vano intentaba convencerles de que no iba a visitar la tumba de sus padres, sino a pasear en silencio por sus senderos y meditar, sin advertir más movimiento que el vuelo de los pájaros o, muy de vez en cuando, el de los aviones a reacción que trazaban silenciosamente líneas blancas en lo alto con rumbo desconocido.

¿Cómo explicarles que el cementerio, como dijo el poeta, es un aeropuerto donde sólo aterrizan las mariposas?

Luís sintió que esa vida interior, para su desconsuelo, no había sido comprendida por sus amigos de Barcelona. Esa apariencia de ser un hombre hosco y poco comunicativo no se correspondía con su verdadera forma de ser por lo que intentaba en ocasiones vencer su deseo íntimo de soledad acompañando las risas forzadas y escuchando los chistes y los monólogos fútiles de sus amigos. Lo cierto es que su personalidad admitía cada vez menos estas situaciones y había comenzado a sentir un deseo irracional de huída.

Haciéndose estas consideraciones se encontró caminando dentro de la ciudad y observó con tranquilidad su entorno, los edificios perfectamente terminados, las calles limpias, los alcorques enrejados, los árboles podados y unos pavimentos bien acabados.

- “El alcalde de esta ciudad” – pensó- “parece que todo lo previene y a todo ocurre”.

Aceleró el paso y, huyendo de las ráfagas de viento frío, llegó a la pensión de la señora Paukner a quien saludó afectuosamente nada más entrar. y se dirigió a su habitación .con la idea de descansar.

La temperatura allí era muy confortable .Encendió la luz de la mesilla de noche, se quitó el jersey y los zapatos y se tumbó cuan largo era sobre su cama. Cerró los ojos y respiró pausadamente. El silencio de la habitación y lo relajado de su postura le invitaron suavemente a dormir. Cerró los ojos y recordó mentalmente las últimas circunstancias de su vida. Su decisión de viajar a Suiza, huyendo un poco de su clara angustia existencial, las imágenes ahora fugaces de su infancia, las charlas con sus amigos de Barcelona, la sensación de libertad que tuvo al pisar la escalerilla del avión en dirección a Zurich…

La señora Paukner cerró sigilosamente la puerta de la casa con doble llave de seguridad. Apagó las luces y se dirigió en silencio a su dormitorio. Estaba encantada con su huésped y trataría de complacerle con toda su ilusión.

La dirección del Institute auf dem Rosenberg informó a la embajada española al día siguiente del fallecimiento de Luis, debido, al parecer, a un ictus cerebral.



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lunes, 15 de noviembre de 2010

El infierno del señor Raimundo.


La casa del señor Raimundo.




El campo de jarales.


La cascada del Purgatorio. (1517 metros)

El infierno del señor Raimundo.

Gabriel había terminado bien su instituto y ese mismo otoño comenzaría la universidad. Durante esos años de estudio había desarrollado dos cualidades muy interesantes, tenía una gran curiosidad, quería saber hasta el más mínimo detalle de las cosas y no le importaba preguntar y preguntar, hasta el extremo de aburrir a los demás. Por otro lado, desde su infancia, amaba cada vez más la naturaleza, en la cual incluía a la tierra, al cielo y a todos los seres vivientes.

El otoño había comenzado con una temperatura agradable, pero al atardecer hacía bastante frío. Se sentía lleno de paz y decidió dar ese día un largo paseo por el campo antes de que anocheciera. Amaba la sierra del Guadarrama, sobre todo en esta época del año, tomó su viejo bastón de campo y comenzó a caminar, saliendo del pueblo sin rumbo alguno previamente planeado, dispuesto a disfrutar de la luminosidad y los colores del campo. Alberti una vez escribió “en la paleta de Velázquez tengo otro nombre, me llamo Guadarrama”

La ventaja de pasear por un campo conocido es que no se necesita ningún plano. El despliegue de un plano de ciudad siempre le había parecido en cierto modo emocionante, porque a medida que se abren los dobleces surge un pequeño mundo de datos, dibujos e indicaciones que sugieren posibles lugares de interés; cada nuevo doblez aporta más datos hasta que, al final, y una vez extendido el plano total, es difícil decidirse por alguna de las diversas opciones que pueden tomarse. Sin embargo, caminar por este campo tan hermoso, descubrir nuevos senderos, respirar los aromas del tomillo y de la jara, contemplar la robustez de las encinas, observar el vuelo de los tordos, descansar la vista en los montes y collados y mirar al cielo, están al alcance de cualquier paseante con un poco de sensibilidad y sin necesidad de ningún plano.

Inició su camino por un sendero rodeado por jaras y tomillos, sin prisas, con una cadencia de auténtico paseante. El sol brillaba todavía, un poco por encima del Guadarrama. Al cabo de un rato, Gabriel había ya perdido cualquier referencia con el pueblo, sumergido entre jaras y matorrales, empapándose en esos aromas de lándano y de tomillo que tanto le embriagaban, recordando aquello que dijo José Hierro en su poema : “Qué sosiego volver, hablarte, abrazarte con mis miradas…”

Después de caminar durante media hora entre los jarales, vadeando quebradas y siguiendo el vuelo de los tordos, mirando al cielo, tanteando de vez en cuando con su bastón los bordes del sendero, distraído recordando ese y otros poemas, Gabriel descubrió que seguir un sendero es siempre una aventura, una posibilidad de encuentros inesperados. Lo supo cuando al subir un montecillo de roca, cubierto por espesos matorrales, avistó de repente, a media distancia, la casa del señor Raimundo.

A la casa se accedía por un camino de tierra ocre y dura, extrañamente ancho, porque acababa justo allí, en su puerta de rejas forjadas. Era una casa grande, muy cuidada, de dos pisos, con paredes de piedra y el tejado de tejas arcillosas. Los jarales llegaban justamente hasta la valla de piedra que la rodeaba y la casa, rodeada de rocas, parecía un espolón de barco intentando atravesar un mar inmenso de encinas y chaparros, porque detrás de ella se extendía el bosque verde y negro de los encinares de la cota baja del Guadarrama.

Gabriel había oído hablar mucho del señor Raimundo y de la casa que se había hecho construir frente a los montes, en los aledaños del pueblo, lejos de su vida cotidiana y a la que sólo se podía acceder por ese sendero de tierra.

- Es un hombre muy solitario – decían algunos – dicen que fue marino y se retiró de la armada cuando murió su esposa.

- Se le ve por el pueblo muy de tarde en tarde, sólo para comprar – decían otros – pero los domingos viene a la misa parroquial.

- Es un escritor, un filósofo – decían los más eruditos del pueblo, mientras el resto apostaba por una enfermedad depresiva, que le impediría hacer una vida normal.


Estos comentarios hicieron que la curiosidad de Gabriel por el señor Raimundo fuera en aumento. Había pensado en abordarle directamente si se encontraba con él alguna vez en el pueblo, pero el tiempo fue transcurriendo sin presentarse esa oportunidad. Y ahora se encontraba frente a frente con la ocasión de desentrañar ese misterio.

Caminó directamente hasta la entrada de la casa, cuya reja estaba entreabierta. Allí pudo ver al señor Raimundo. Era un hombre moreno, de mediana estatura, delgado, con barba entrecana muy cuidada y un aspecto de campesino elegante, de esos señores de la tierra que, a pesar de su trabajo rústico, conservan una innegable distinción de persona cultivada. Vestía un pantalón de pana beis y un jersey oscuro, de color indefinible, y botas marrones de media caña. Tenía entre sus brazos unos leños de encina, listos seguramente para ser utilizados en la chimenea, ya que comenzaba a refrescar.

- Buenas tardes, don Raimundo – dijo Gabriel con gran osadía.

- Buenas tardes, amigo, ¿quién eres tú, me conoces? Respondió.

- He oído hablar mucho de usted y me alegro ahora de conocerle, me llamo Gabriel y vivo con mis padres en el pueblo, cerca de Correos. – precisó.

- Pues ven y échame una mano, Gabriel, que siempre viene bien una ayuda para estos menesteres – respondió sonriendo.

Eso hizo Gabriel, y así, desenfadadamente, comenzó su amistad con el señor Raimundo. Entraron en la casa y depositaron los leños en un cesto situado no lejos de la chimenea de un salón espacioso y bien amueblado. Unos cuantos rescoldos alumbraban el hogar encendido, creándose un ambiente acogedor.

- Puedo ofrecerte un buen vaso de vino, joven, seguro que te viene bien después de la caminata que has hecho, porque tú has venido atravesando las barrancas ¿verdad?

Gabriel asintió agradecido y ambos se sentaron en unos bancos que estaban situados alrededor del hogar. Acostumbrado a mirar y fijarse en todos los detalles, Gabriel se dio cuenta de que sobre los muebles y estanterías del salón no había fotografías. En todas las casas siempre hay recuerdos familiares, fotografías de encuentros para recordar, momentos de episodios imborrables, pero aquí no había retratos.

El señor Raimundo adivinó inmediatamente el pensamiento de Gabriel.

- No me gustan las fotografías, Gabriel, dijo tras un corto silencio - por eso no conservo casi ninguna y no las sitúo sobre los muebles. Su conservación me parece una manifestación de necrofilia. Las fotografías son imágenes muertas que con el tiempo amarillean y acaban su vida de papel amontonadas en sarcófagos de buhardillas. Prefiero guardar en mi memoria las imágenes y las sensaciones que esas imágenes me ha transmitido. Eso he hecho desde la muerte de mi esposa.

Gabriel sintió inmediatamente haber despertado en el señor Raimundo esos hondos sentimientos. Hubiera deseado que su silencio no diera lugar a ellos, que hubiese sido su hacer como el que Gerardo Diego descubrió en Vicente Aleixandre “magistrando silencios, anuencias y matices”

- ¿Estuvo usted casado mucho tiempo, señor Raimundo?- se atrevió a preguntar.

- Sí Gabriel, largos años, pero no tuvimos hijos y mi esposa murió quizás hundida por el silencio del hogar. No es buena la soledad cuando no hay llanto de niños, ni se puede participar en sus juegos ni responder a sus preguntas, ni ofrecer nuestro amor ilimitadamente. A veces te cuestionas el por qué de las cosas, pero no hay más remedio que aceptarlas – y tú ¿ya tienes novia?.

- No. Señor Raimundo, hasta ahora he estado tan ocupado con mis estudios que no he tenido tiempo para conocer a muchas chicas. Espero que alguna vez me llegue la oportunidad y encuentre el amor definitivo.

Derivando de un tema a otro. Gabriel apreció la enorme apertura del señor Raimundo y su interesante conversación. El tiempo pasaba tan rápido que se hizo muy tarde, la habitación se estaba oscureciendo casi imperceptiblemente y apenas podían distinguirse sus labios en medio de su barba descuidada y entrecana.

Hablaron de literatura, de arte, de historia, de política, de religión. Gabriel estaba entusiasmado por su decisión de encontrarse son una persona tan inteligente y preparada.

El señor Raimundo, de repente y mirándole a los ojos le dijo:

- ¿Tú vas por las parroquia, Gabriel?

- Pues sí, soy creyente, y voy a misa los domingos, pero no a la misa de doce sino a las nueve de la mañana, porque a mí me gusta madrugar. Creo que usted va también a la misa parroquial, ¿no es así?

- Lo es, Gabriel. Pues voy a decirte una cosa que no debes olvidar nunca, y me lo vas a prometer – dijo con una voz muy seria y firme – el infierno no existe, ni por supuesto el purgatorio. No dejes que esos conceptos te persigan en la vida. La vida es amor y no temor.

Gabriel recordó los versos de Pablo Neruda “¿para qué sirven los versos si no es para esa noche en que un puñal amargo nos averigua?

Bebió un sorbo del vaso de vino que había traído el señor Raimundo. Era oscuro y con mucho cuerpo, probablemente un vino de Toro. Saboreó el trago como si fuera un conocedor y sintió un pequeño rubor en su cara, causado probablemente por ese vino profundo y demoledor. Bebió otro sorbo y, después de un largo silencio, preguntó de improviso:

- Usted reza, señor Raimundo?

- Claro que sí, Gabriel – contestó medio sorprendido – Rezo todos los días un avemaría.
La respuesta no fue la que esperaba, así que guardó silencio prudentemente, mirando los pequeños rescoldos rojos que crepitaban en el hogar.


- Verás, Gabriel, por la mañana, cuando la luz del amanecer entra por esa rendija de la ventana, y mis ojos se abren tratando de situar las cosas, rezo lo siguiente: “Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús” Es mi manera de saludar, de agradecer que estoy vivo. Si no lo hago, me sentiría muy mal el resto del día.

Gabriel miró a hurtadillas la rendija de la ventana. Como estaba anocheciendo, entraba una luz muy débil, desvaída, que dejaba ver la barba del tío Raimundo, ahora más definida por la luz de los rescoldos rojizos del hogar.

- Pero eso no es el avemaría completo, le falta la mitad.- dijo Gabriel, con timidez, como tratando de evitar que lo considerase un reproche.

- Bueno, sí, Gabriel, la segunda mitad la reservo para antes de dormir. Entonces rezo: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte” Es mi manera de saludar antes de dormir. Si no lo hago no podría descansar y tendría seguramente muchas pesadillas.

Cogió un leño con sus manos y lo depositó sobre los rescoldos, soplando con un fuelle hasta lograr la tímida aparición de unas llamas que poco a poco fueron ganando terreno y esparciendo su luminosidad por la habitación.

- La oración es como la luz, Gabriel, te salva de la oscuridad, te da fuerza y calor, te hace ver las cosas de otra manera, pero hay que alimentarla, como alimentamos al fuego. Naturalmente, tiene que haber un rescoldo, por muy escondido que esté – dijo casi musitando esta última frase - por eso no puede existir el infierno. La salvación está a nuestro alcance con sólo un avemaría.

Gabriel recordó en esos momentos a Luis Rosales “el día de hoy será tu herencia y nada más, porque todo se logra y se pierde en un día”

Gabriel se medio incorporó y le planteó al señor Raimundo que estaba anocheciendo y temía ir de noche por el campo.

- No tienes pérdida, Gabriel – le dijo – Tomas el camino de tierra y te lleva directamente hasta la entrada del pueblo. Tardarás sólo unos quince minutos, sin encontrar ningún obstáculo. Apréndete bien el camino porque espero verte con frecuencia. Tu conversación me ha parecido muy interesante y tenemos que profundizar en muchos temas.

Gabriel se despidió estrechándole fuertemente la mano. Ya en la calle miró con detenimiento la casa. Grabó en su memoria los detalles de la conversación que habían tenido durante más de una hora y se fue caminando, tanteando la calle de arena con su bastón de campo en dirección al pueblo. Lo había conseguido. Había conocido al señor Raimundo. Vivir en la tierra de Guadarrama ofrece perspectivas muy interesantes.


Pensó que,seguramente, el señor Raimundo no iría nunca al infierno. Esto le resolvió muchos problemas, recordando en esos momentos a Gabriela Mistral “sin saber tú que vas yéndote, sin saber yo que te sigo, y seguimos, y seguimos, ni dormidos ni despiertos”