miércoles, 30 de marzo de 2011

Don Ricardo y la Mobylette.



Don Ricardo y la Mobylette.

Ricardo Domínguez quiso ser médico desde muy niño. Su duda principal al alcanzar la edad universitaria fue la elección de carrera entre veterinaria y medicina. Siempre le había atraído el cuidado de los animales. El hecho de vivir en un pueblo pequeño del Guadarrama le había proporcionado un contacto directo con ellos y había aprendido mucho cuidando el ganado de sus padres que, aunque de economía muy reducida, supieron siempre mantener el cuidado y conservación de su pequeño rebaño de ovejas y de los pocos animales que les ayudaban a sobrevivir, una vaca, gallinas, patos y un cerdo blanco belga de raza Landrace, enorme, cuya matanza les surtía normalmente de proteínas durante todo un año. El padre era un modesto empleado en el servicio de limpieza del ayuntamiento y era principalmente su madre quien se encargaba de cuidar a los animales. El hecho de ser un niño muy estudioso, quizás el más inteligente de sus tres hermanos, indujo a los padres la idea de comentar con el maestro de la escuela del pueblo la conveniencia de que Ricardo estudiase una carrera universitaria.

Las buenas notas sacadas obtenidas y la recomendación escrita del maestro, lograron que Ricardo obtuviese una beca del gobierno para acabar el bachillerato y estudiar la carrera elegida por él, que finalmente fue la de medicina.

Ricardo logró unas calificaciones excelentes en su carrera y hubiera podido ingresar en un hospital del estado o en alguna clínica importante de la ciudad, pero él se consideraba un hombre de pueblo, adoraba su tierra del Guadarrama, y decidió volver a sus raíces, para trabajar como médico en su pueblo, aprovechando que esa plaza había quedado vacante. Allí cuidaría de sus padres y hermanos. Decidió que su misión consistiría en cuidar de sus vecinos como médico de pueblo, siguiendo el principio hipocrático de “curar y aliviar cuando es posible, consolar siempre”

Con ese espíritu regresó al pueblo, con el título de doctor recién obtenido y se reunió con familiares y amigos para hacerles partícipes de su decisión, que fue recibida con gran alegría por todos ellos.

Pero claro, había que pensar en cómo ganarse la vida y hacer frente a los gastos de un primer establecimiento. Es verdad que el anterior médico, Don José Salvanés, al dejar vacante su puesto, le cedió sus igualas que podrían permitirle comenzar a trabajar, pero que eran ciertamente mínimas.

Ricardo inició su actividad en todo caso desde la casa de sus padres, siendo muy bien recibido en general. Poco a poco fue formalizando su situación. Todo el mundo comenzó a llamarle Don Ricardo, y al cabo de unos pocos años iba a convertirse en un excelente médico de familia, siendo muy querido por sus convecinos. Logró establecer una modesta consulta en un local muy cercano a la casa de sus padres y de la farmacia, donde tenía los elementos necesarios para trabajar en diagnósticos y curas de poca importancia.

Durante sus largos años de estudio en la facultad de medicina, Ricardo había tenido la oportunidad de leer mucho, no sólo libros de su profesión, sino de historia y literatura. Profundizó en el conocimiento del inglés, ya que muchos textos estaban impresos en ese idioma y leía con soltura muchas novelas y textos literarios, sobre todo de poesía, a la que era adicto.

Fue formando una pequeña biblioteca no sólo de libros técnicos de su carrera, necesarios para estar actualizado, sino libros de arte, de historia, de literatura.

Una noche, leyendo en su dormitorio el libro de poemas “Leaves of grass” del norteamericano Walt Whitman descubrió algo que representaba lo que él deseaba: trabajar solo, sin instituciones. No estaba ni a favor ni en contra de ellas, pero pensaba como este poeta: “Only I will establish, without edifices or rules or trastees or any argument, the institution of the dear love of cofrades” “Solo quiero establecer, sin edificios ni reglas ni directivos ni discusión alguna, la institución del caro amor de camaradas”

Quizás fuese una idea demasiado empírica, pero Ricardo deseaba que su viaje vital fuera así de día y de noche.

Gabriel coincidió un día con él en el bar del señor Emilio. Había ido a saludar a Elisa y de paso comer ese magnífico cocido que elaboraba en su pequeña cocina, famoso en toda la comarca.

- Don Ricardo – dijo Gabriel – tenía muchas ganas de saludarle. Es cierto que nunca recurro a usted, pero es mi buena salud la culpable. Espero siempre contar con su ayuda en caso necesario.

- No te preocupes, Gabriel, tú eres muy joven. Si alguna vez me necesitas siempre estaré aquí para ayudarte.

- ¿Me permite invitarle a comer, Don Ricardo?

- Con mucho gusto, Gabriel. Sé que eres un gran experto en literatura y será interesante que charlemos durante la comida. A veces echo de menos el ambiente universitario.

El señor Emilio les sirvió una excelente sopa y, a continuación, el nunca mejor ponderado cocido de Elisa. Durante la comida, conversaron sobre muchos e interesantes temas, pero sobre todo naturalmente de la profesión médica. Don Ricardo ponía mucho énfasis en la relación personal médico –enfermo. Era consciente de la importancia de los equipos médicos que se estaban formando en esos momentos y de los métodos que utilizaban, pero su opinión personal era que el médico no puede limitarse a la aplicación rigurosa de un método.

- El médico debe ser capaz de decidir la actitud que debe seguir sin dejarse apabullar por la multitud de datos recogidos, que son muchas veces incongruentes y otras incluso contradictorios. Hay ocasiones en las que probablemente lo mejor es no hacer nada.

- Pero si no hace nada, no cura – objetó Gabriel.

- Mira Gabriel, no puede definirse al médico como aquel que cura. Es indudable que existen muchas enfermedades que un médico es incapaz de curar. La misión del médico es el cuidado de los que sufren, hacer un buen diagnóstico y decidir las formas posibles del tratamiento.

- ¿Por qué decidió usted dedicarse a la medicina de familia? ¿Cree usted que el conocimiento personal ayuda al diagnóstico?

- Ciertamente. Hay que saber aproximarse al enfermo siendo consciente de que es un ser humano, temeroso y a la vez esperanzado. Es muy importante que el enfermo perciba en el médico un profundo interés por él, hasta el punto de anteponer muchas veces los intereses del enfermo a los suyos propios. Así se conoce a un verdadero médico.

- ¿La relación personal con el enfermo de un médico de familia, o dicho de otro modo, de un médico de pueblo como usted, puede ser entonces muy beneficiosa, Don Ricardo?

- Sí Gabriel, es importante que el paciente vea garantizada la continuidad y la unidad de la asistencia. Además, los antecedentes personales y familiares pueden ser de importancia decisiva para la interpretación de los datos que se recojan.

Gabriel esta sintiéndose muy a gusto con esta conversación. Fue preguntando y repreguntando a Don Ricardo, que se mostró muy complacido por su interés. Le habló de la importancia de la exploración física del enfermo, del acceso a las altas tecnologías en caso necesario, sin por ello romper la relación biunívoca entre médico y enfermo.

- La exploración física es muy importante. El enfermo cuenta siempre sus sensaciones personales. Esto es siempre una versión subjetiva de sus problemas, muy a tener en cuenta, pero a veces la exploración física logra hallazgos muy importantes. Por poner un fácil ejemplo, en el caso de un abdomen agudo puede detectarse su importancia por la presencia de un vientre en tabla.

Terminaron la comida siendo excelentes amigos y decidieron tomarse de vez en cuando un café en el bar del señor Emilio.

Gabriel le vio partir con cierta pena. Le pareció un hombre con una fuerte personalidad y unos principios muy sólidos. En cierto modo, admiró su decisión de haber elegido ser médico de pueblo y venir solo a luchar con los elementos. Recordó la “Balada del viejo marinero” en la que Samuel Taylor decía:” Solo, solo, completa y absolutamente solo; solo sobre un mar más que infinito” Esa era, para Gabriel, la inmensa y querida tierra del Guadarrama.

Don Ricardo se alejó caminando por la acera de la calle principal. Seguramente iría después a visitar algún enfermo o saludar a algún antiguo paciente.” El viejo marinero, pensó Gabriel, navega por su mar”


La calle principal del pueblo tiene el encanto de la vida participativa, la fusión de comentarios, la diversidad de personalidades que forman un ambiente creativo. Todo el mundo se siente partícipe en la vida de la comunidad, huele al pan recién horneado, se respira el aroma de las flores de los balcones, se oye el revuelo de los pájaros en los árboles y el de las conversaciones quedas de la ancianas que sentadas en sus sillas de anea, van configurando la historia del pueblo. ¡Qué importante es el comercio en los pueblos! Es un hervidero de conocimientos y amistad entre sus habitantes, produce la unión entre mentalidades a veces tan distintas.

Mirando a las personas que transitaban por la calle y el rebullir de las mujeres comprando en las tiendas, recordó aquello que dijo Juan Ramón Jiménez de las nubes y las montañas en su poema “Nada igual”: ¡Qué loco estar en su sitio, qué hondo sentir lo que son, qué alto no necesitar nada igual, nada distinto!

Porque Don Ricardo era muy feliz trabajando como médico en este ambiente. Sin embargo, el problema permanente era el de sus escasos recursos económicos. Estaba obligado a visitar a cada vez más numerosas personas, y aunque el pueblo no era demasiado grande, se veía obligado a utilizar una bicicleta para visitar a determinados enfermos en casas alejadas y en ocasiones a varios kilómetros de distancia y muchas veces regresaba a su casa por la noche y bastante cansado. Nunca dejaba de visitar a sus enfermos, en ocasiones con mayor frecuencia de la necesaria, porque su objetivo era la cercanía con el enfermo y, a pesar del cansancio, no dejaba nunca de cumplir con su ideario.

Caminando por la acera en dirección a su consulta, paró en una pequeña tienda donde se vendían periódicos de la capital y alguna revista. Hojeó las revistas de automóviles y motocicletas. No tenía dinero, evidentemente, para comprarse un coche, pero llevaba tiempo rondando en su cabeza la idea de adquirir una motocicleta. Había días que regresaba muy cansado y le vendría bien alguna máquina útil para su transporte diario.

En una de las revistas leyó un artículo muy interesante sobre un nuevo tipo de bicicleta motorizada que acababa de ser anunciada en Francia. Se trataba de una Mobylette. Compró la revista y esa misma noche leería los detalles de esa máquina.

No tuvo paciencia, sin embargo, para esperar hasta la noche. Al llegar a la consulta, se dedicó a estudiar las características de la máquina. Quedó gratamente impresionado. Era justamente su ideal. Le gustaba el diseño, tenía el aspecto de una bicicleta normal, un poco más pesada, pero tenía suficiente motor para la utilización que él necesitaba. Disponía de horquilla telescópica y embrague automático, un trasportín trasero y un cestillo adosado al manillar. Por las noticias sobre esta máquina, el precio parecía ser asequible y podía comprarse en España sin ningún impedimento. Esa misma noche comentó el tema con la familia y todos le animaron a realizar su proyecto.

El estreno de la Mobylette fue todo un acontecimiento familiar. Era la primera vez que iban a disponer de un medio mecánico de transporte. Como el manejo era muy simple, todos estrenaron con jolgorio la Mobylette y dieron sus paseos. A los pocos días Don Ricardo visitaba a sus enfermos y su figura, montado en la Mobylette, formó parte de la vida habitual del pueblo.


Un día recibió un aviso para visitar a la señora María, que vivía en una casa un poco alejada del pueblo. El modelo de Mobylette que había comprado tenía un trasportín, donde colocó su maletín médico, en el que llevaba ciertos medicamentos y útiles para curas. Se puso la gorra y los guantes y partió hacia la casa de María.

Le encantaba circular por el campo ya motorizado. El ruido del motor era suave y le parecía una música de fondo que le acompañaba, produciéndole una sensación de poder y seguridad. Las cuestas ya no eran cuestas, el paisaje variaba con mayor velocidad que antes y los árboles parecían huir de él alejándose en la distancia. Miró hacia la sierra del Guadarrama, su sierra, su hogar, su vida.

De repente, la Mobylette tropezó con una gran piedra y cayó arrastrándose sobre el suelo hasta chocar contra un chaparro. Don Ricardo sintió un dolor en su brazo izquierdo y quedó como atontado al pie del árbol.

Durante un momento quedó aturdido por el golpe, pero al recuperarse después de unos instantes, valoró la situación. Haciendo una breve exploración descubrió que se le había producido una fractura traumática en el húmero izquierdo. No había sangre, sino dolor. Era por tanto una fractura cerrada. Comenzó a sentir cada vez más dolor. Pudo incorporarse de rodillas ante el trasportín y abrir su maletín. Bendijo mentalmente a los genios que había mejorado el sistema de inyectables. Ya no era necesario utilizar aquellos métodos rústicos de hervir las jeringuillas. Eligió un analgésico inyectable y se lo aplicó después de limpiar con alcohol el brazo.

Haciendo un esfuerzo mental, palpó su brazo izquierdo  e intuyendo el tipo de rotura, alineó los bordes de la fractura, soportando el dolor. Como era conveniente entablillar el brazo, necesitaba algún soporte para hacerlo. Descubrió con alegría que en el cestillo llevaba la revista técnica de la Mobylette, que había enseñado esa mañana a unos amigos. Enrolló la revista alrededor de su brazo y la circundó con unas gomas que extrajo del maletín, gomas que solía utilizar para rodear los brazos si fuera necesario extraer sangre para un posible análisis clínico de urgencia.

Realizadas estas operaciones, quedó exhausto apoyado en el tronco del chaparro. Le dolía todo el cuerpo, pero el dolor era soportable. Un breve descanso y la eficacia del analgésico le hicieron recuperarse antes de lo pensado. Ahora quedaba comprobar si la Mobylette funcionaba, porque si el motor hubiese sufrido daños, no podía pedalear en estos momentos y no tenía fuerzas ahora para mover una bicicleta tan pesada. Afortunadamente el modelo que había comprado era robusto y arrancó inmediatamente. Colocó como pudo el maletín, montó en su máquina y, sosteniendo el manillar con su mano derecha, partió otra vez en dirección a la casa de María. No podía renunciar a pesar de sus dolores a realizar esta visita, porque sabía que María estaba sola en esos momentos y necesitaba su atención médica. Conduciendo con su brazo derecho, despacio y poniendo mucha atención al camino llegó como pudo a la casa de María. Le dolía mucho el brazo izquierdo y en la cabeza comenzó a sentir punzadas de dolor. Después de saludar a María y hacerle una exploración, la recetó unos medicamentes y la tranquilizó, pues no había observado más que un pequeño enfriamiento. María le preguntó la causa de que llevara enrollada en su brazo izquierda la revista, pero la explicó que era un sistema preventivo de un dolor que tenía, sin contarle el accidente sufrido.

Volvió a montar en la Mobylette y regresó lentamente al pueblo, pensando; “Ser médico de pueblo no es una profesión, es un desafío”

Los árboles le recibían ahora lentamente, las nubes contemplaban el paso del jinete valeroso, los rayos del sol le acariciaban la espalda desde el Guadarrama. Recordó sin querer “Fiesta”, aquel poema de Juan Ramón Jiménez: “las cosas están echadas mas, de pronto, se levantan, y, en procesión alumbrada, se entran, cantando, en mi alma”

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