viernes, 1 de abril de 2011

Esplendor de la tierra del Guadarrama.


Esplendor de la tierra del Guadarrama.


La tierra del Guadarrama ha estado siempre en auge tanto ella como sus habitantes y fue en todo momento esplendorosa, desde las altas cumbres de sus montañas hasta los regatos más humildes de sus tierras bajas. Siempre ha tenido una gran categoría y una luz especial, unas veces durante las madrugadas, otras bajo el brillo de la luna y las estrellas, tumbada bajo el sol, soliviantada por las ráfagas violentas de tornados y huracanes, bajo la lluvia, bajo la nieve o sometida a un clima abrasador. Pensaba Gabriel que todo pudiera ser una ensoñación, un arrebato de amor y que quizás tenía razón Abigrael cuando decía que “existen en el cielo cuatro ángeles superlumínicos mayores que se ocupan de la vida humana sobre la Tierra” y que ellos hubieran elegido entonces a los habitantes de estos pueblos tan modestos y amados. Pudiera ser también que los Querubines, ángeles custodios de la luz y de las estrellas, hubiesen decidido iluminar especialmente a la tierra del Guadarrama o que los ángeles responsables de la organización armoniosa del universo habitado hubiesen favorecido a esta tierra. Pero lo cierto es que Gabriel, mirando en torno suyo, siempre veía a su tierra brillante, resplandeciente, impresionante por su belleza y por su grandeza. Nunca se sentía solo cuando caminaba por sus campos. Estaba rodeado de las almas de los poetas, de sus antepasados, de los hombres y mujeres que lucharon por su tierra. Miraba hacia las montañas y veía el transitar de los viejos espíritus, surcando las nieves, fragmentando rocas, desviando tormentas, abriendo el paso a las nuevas generaciones que se acercaban. Juan Ramón Jiménez, en profunda depresión, se refugió el año mil novecientos tres en Guadarrama, en la casa del doctor Simarro. Allí escribió su libro “Pastorales” con poemas basados en aires populares, aunque lo esencial era el “yo lírico” del poeta. Juan Ramón vino a esta tierra, según la opinión de Gabriel, no sólo buscando la solución de la depresión nacida a raíz de la muerte de su padre, sino por anhelo de eternidad, para sentir la presencia de Dios, no como sentimiento religioso, sino como cúspide de la creación artística ¿Cómo no iba a elegir esta tierra esplendorosa, este mundo que transpira espiritualidad al borde de sus bellísimas montañas? Puede ser que alguna noche divisase en una cumbre de esas montañas a la luna creciendo como una planta, como le sugirió a Gabriel un verso del poeta Carlos Oquendo de Amat, o le trasportase a sus entrañas, como recordaba Antonio Machado en su “Poema eres tú, Guadarrama” o viese una luz vehemente y oscura, de tormenta sobre sus cumbres, como apuntó Leopoldo Panero en su poema “Por donde van las águilas” y buscara evadirse en silencio hacia las alturas con su exquisita alma lírica. El hecho es que esta tierra, la tierra esplendorosa en la que habitaba Gabriel, le transportaba también a él por sendas líricas, hasta lograr penetrar en una profunda espiritualidad. Caminar por sus campos, atravesar sus quebradas, escalar sus cumbres, le hablaban a Gabriel de buscar la esencia del “ser supremamente uno” y sentía su carne desolada “transformarse en amor” en una plena entrega a sus gentes, a su historia, a su realidad actual y a su futuro. Gabriel siempre estuvo de acuerdo con Rafael Alberti cuando éste escribió “en la paleta de Velázquez tengo otro nombre, me llamo Guadarrama” Bastaba con dejarse llevar por la belleza de su colorido y pasear por sus campos recordando aquello que dijo José Hierro en un poema: “Qué sosiego volver, hablarte, abrazarte con mis miradas” El amor a la tierra se parece al amor a una mujer. Da vida y sentido a la vida. La tierra nos da fuerza y nos abraza, sin desmayo, siempre protectora, alimentándonos, haciéndonos sentir inmortales. Todos hemos nacido de ella y volveremos a ella, para integrarnos de nuevo, para fundirnos en su sustancia. Y allí estaremos todos, hermanados, unidos a su destino para siempre. El amor de una mujer nos dimensiona, nos fortalece, nos anega como un mar distinto que penetra en nuestra sangre y nos da vida, con una fuerza imparable que transforma nuestra realidad y nos hace volvernos soñadores, decididos, valientes. Cuando Gabriel contemplaba el Guadarrama pensaba ”la tierra de la que vengo es dura, pero fértil, tiene brazos y muslos de agua cuando llueve, si la piso me duelen las entrañas y no duermo hasta hacerme perdonar” Cuando Gabriel meditaba en el amor a una mujer pensaba ”la suma de nuestras esencias constituirá el amor eterno que siempre soñamos, no la absorción, sino la mutua dilución, tú en mí, yo en ti, uniendo nuestras esencias en un todo irreversible y eterno” Siempre lo mismo, mutua dilución de las esencias con la tierra y con la mujer. Los mejores poetas siempre han amado la tierra del Guadarrama. Vicente Aleixandre, en lo alto de la Senda de los poetas, en Cercedilla dice “Desde esta cima solitaria os miro, campos que nunca volveréis por mis ojos, piedra de sol inmensa, eterno mundo, y el ruiseñor tan débil que en el borde lo hechiza” José García Nieto escribió “afila Siete Picos en la sombra su aguda dentellada” y Luis Rosales “las noches de Cercedilla las llevo en mi soledad y son la última linde que yo quisiera mirar” Las rocas del Guadarrama son únicas, irrepetibles. Quizás pensase alguna vez en ellas Pablo Neruda cuando escribió estos versos: “de endurecer la tierra se encargaron las piedras: pronto tuvieron alas: las piedras que volaron, las que sobrevivieron subieron el relámpago, dieron un grito en la noche, un signo de agua, una espada violeta, un meteoro” El mismo Gabriel, mirando hacia le montaña escribió: “Cuando se oculte el sol y acabe el día, mi espalda sobre ti, mirando al cielo, yo quiero verme allí, montaña mía, fundido entre las rocas de tu suelo” Pero la tierra del Guadarrama no sólo es montaña, son los prados, bosques, solares, ríos y praderas. Escribió un día Gabriel, mirando a su tierra: “mirar cómo el vuelo de los tordos rompe la soledad, trabajan las hormigas por el suelo, silba la culebra, vuela el moscardón negro y verde, se ocultan las rocas bajo las matas, medio enterradas bajo las jaras y el sol hace la tarde naranja y oro” La vida humana en la tierra del Guadarrama se condensa en sus pueblos, de casas de piedra, de hogares con chimenea, de calles amigables y acogedoras. Muchas veces recordaba Gabriel sentado en su mesa favorita del bar del señor Emilio aquellos versos del poema “Elegir mi paisaje” de Mario Benedetti: “Ah si pudiera elegir mi paisaje, elegiría, robaría esta calle, esta tarde recién atardecida en la que encarnizadamente revivo y de la que sé con estricta nostalgia el número y el nombre de sus setenta árboles” Cuántas veces, desde el privilegiado ventanal del bar del señor Emilio había contemplado Gabriel sus árboles, unas veces frondosos, llenos de vida, habitados por pájaros alborotadores, otras veces fríos, similares al mármol, descritos tan bien por Juan Ramón Jiménez: “como los mismos dioses, sin morir, os cambiáis, en pie, de árboles en mármoles” La tierra del Guadarrama es, en sí, pensaba Gabriel, esplendorosa. En sus bosques se mezclan olores diversos emanados por los diferentes árboles que conviven en él, acebos, arces, abedules, castaños, rebollos, tejos, pero también se amalgaman los diferentes olores de los helechos, enebros, retamas e incluso, en ciertas alturas, del piorno serrano. A todos estos olores se unen el de las zonas húmedas, el básico olor de las resinas y el de la hierba de los pastizales ocasionales que lo bordean. En sus llanuras y campos bajos se extiende el bosque verde y negro de los encinares y proliferan los arbustos de jaras, muy olorosos, que cuando florecen se cuajan de hojas blancas y se mueven y ondean movidos por el viento, capitaneando los colores del mundo vegetal que les rodea, como el amarillo de los talaprados en plena floración, el verde de la hierbabuena, de la menta y del tomillo y el morado de la lavanda y el espliego. Gabriel hubiera deseado ser un poeta para cantar a esta tierra esplendorosa, aunque tuviese que parar en mitad de un verso, como escribió Gerardo Diego: “murió en mitad de un verso, cantándole, floreciéndole, y quedó el verso abierto, disponible para la eternidad, mecido por la brisa, la brisa que jamás concluye, verso sin terminar, poeta eterno” Si Gabriel hubiese sido encarnado en un águila, una paloma, un mirlo o un sencillo tordo, hubiese querido sobrevolar las iglesias de los pueblos del Guadarrama. Iglesias de piedra, construidas sobre grandes moles de granito, toscos portales cerrados con grandes puertas de madera de roble, altos campanarios con campanas en alerta de los paisanos, donde las cigüeñas crotoran cuando vuelven a visitar sus espacios amados, los vencejos y golondrinas vuelan silenciosos en las madrugadas y los murciélagos se afanan en la penumbra para alimentarse de insectos con sus sorprendentes vuelos y veloces piruetas. Hubiese asimismo querido admirar desde lo alto los perfectos bloques pétreos del Acueducto de Segovia, sus iglesias románicas, las casonas fabricadas con piedras de musgo, las incomparables calzadas romanas, los castillos medievales y los altos muros de piedra de las fortalezas militares. Una sinfonía granítica sobre una tierra elegida por los dioses. Desde las altas montañas y las quebradas graníticas, a través de grietas y fisuras, desciende el agua nacida de su seno o de la nieve, formando arroyos y ríos de un agua limpia y un descender vertiginoso, hasta que acaban tranquilizándose al final de su recorrido, como decía aquella poesía de Gerardo Diego en su “Romance del Huécar”: “nunca vi un río tan íntimo, nunca oí un son tan de seda, en el resbalar de un ángel” Según el Calendario de Ussher, Arzobispo anglicano del Condado de Armag, en la actual Irlanda del Norte, Yahvéh creó la Tierra el domingo veintiséis de octubre del año 4004, antes de la era vulgar, al mediodía. La tierra del Guadarrama nació para Gabriel una madrugada: “Era una noche clara, luz de luna creciente, el Guadarrama hacía las veces de frontera de los primeros rayos del sol de primavera y el canto de los mirlos se anunciaba inminente” Desde ese momento amó a su tierra y ese amor fue creciendo con el tiempo segundo a segundo, mes a mes, año por año. Gabriel se dejó seducir, en cierto momento, por la meditación poética y mística de T.S.Eliot sobre la naturaleza del tiempo al leer estos maravillosos versos: “Tiempo presente y tiempo pasado se hallan quizás presentes en el tiempo futuro y el tiempo futuro dentro del tiempo pasado. Si todo el tiempo es eternamente presente, todo el tiempo es irredimible. Lo que pudo haber sido es mera abstracción, quedando como eterna posibilidad solamente en el mundo de la especulación. Lo que pudo haber sido y lo que fue apuntan a un solo fin, que está siempre presente” También como él sentía Gabriel una inmensa atracción por la belleza, que se identificaba por su admiración por la tierra del Guadarrama y que podría condensarse en su elogio hacia ella: “luz de mi juventud incandescente, hálito de eterna paz en mi inconsciente, reflejo de mi yo, pan de mi ayuno” Una vez, tomando un café en el bar del señor Emilio, le preguntó éste: Gabriel ¿por qué quieres tanto a tu tierra? Y Gabriel no pudo contestarle, movió la cucharilla del café para deshacer un terrón de azúcar y le miró, silencioso, con una sonrisa. ¿Cómo explicarle al señor Emilio lo que sentía, si él mismo no podría compendiar sus sentimientos? El estaría siempre inmerso en su tierra y “entre los otros, entre ellos” como pensaba Vicente Aleixandre.