domingo, 3 de abril de 2011

Un amanecer especial.


Un amanecer especial.

Esa noche tuvo Gabriel un único pensamiento, ver el amanecer del día siguiente. Quería ver cómo se asomaba el sol sobre las cumbres del Guadarrama, espiar los movimientos de la vida emergente en ese campo que tanto amaba, contemplar el despertar de las flores, los primeros vuelos de las aves, respirar los primeros aromas de la madrugada, abrir los ojos a las luces del alba y sumergirse en la vida que se iniciaba en derredor. Se levantó, por tanto, cuando la noche declinaba, la luna intentaba escabullirse ante los primeros rayos del sol y los grillos entonaban sus últimos cantos. Era tal el silencio que oía crujir las vigas de madera de su techo, que trataban de dilatarse un poco para huir del frío de la noche.

Encendió la luz de la mesa camilla de su dormitorio, enrolló una bufanda alrededor de su cuello, abrió su carpeta de hojas blancas y, de frente a su balcón, mirando unas veces hacia el cielo aún estrellado y otras hacia la carpeta, comenzó a meditar en medio de ese absoluto silencio. De vez en cuando, escribía a lápiz unas cuantas líneas. Su intención era recordar por escrito algunos momentos de su vida en esa maravillosa tierra del Guadarrama y anotar aquellas de sus ideas y poesías que se ajustaran a sus recuerdos. Porque realmente, pensó, vine a este pueblo “a compartir mi pluma, mis ideas y toda la poesía que pude recoger en la palma de mi mano” y ahora debo terminar mi estancia en él porque ”mirando al mar abierto de mi vida, descubro que mi barco ya ha pasado”.
En la noche seguía reinando la oscuridad. Sólo destacaba la luz del lucero, ese blanco lucero que avistaba todas las madrugadas cuando intentaba descubrir desde su balcón las luces lejanas de los pueblos del Guadarrama. En una de sus poesías Gabriel le había preguntado al lucero: ¿Es ésta la noche de los poetas, la siempre cantada, noche clara y misteriosa, cómplice de amores eternos a la luz de la luna? ¿Es esta la noche de las rondas, de las juergas tabernarias, de los desafíos, de los amantes nocturnos? e intuyó que el lucero contestaba: “No, Gabriel, ésta es la noche de la despedida, del desasimiento, de la profunda tristeza”.
Entonces recordó otro de sus poemas: “amo a la noche de las caricias y de los susurros, de las meditaciones, de la lectura a media luz y las confidencias en voz baja, amo contar historias a los niños cerca de la lumbre del hogar, mirar la luna a través de las ventanas, contar sílabas rememorando sensaciones y soñar con la llegada de un nuevo día de luz y de esperanza”.
Esta noche estaba realmente triste y deseaba que amaneciera.
En el campo, entretanto, la vida comenzaba entonces a despertar. Los pájaros empezaron a moverse para ocupar posiciones en las ramas de los árboles, dando pequeños aleteos para vigorizarse antes de volar. Disminuyó el canto de los grillos y algunos insectos iniciaron su efímera vida. El sol, asomando con fuerza sobre las cumbres de La Pedriza, sembraba gradualmente de colores el campo. Gabriel había escrito hacía algún tiempo un poema, pidiendo ”que empapen mis pulmones los olores del bosque, que musgos y tomillares aniden en las piedras y solares y presten su humedad a los alcores”.
Pero la tristeza que sentía ahora no tenía comparación como la que tuvo al conocer en su infancia la enfermedad de Quico, el niño azul, el hermano de su amigo Santos y las lágrimas de su madre, desconsolada, mirando al cielo.
Ahora, con el lápiz en la mano sólo pudo escribir este poema:“Cuando escribo me olvido de la categoría y busco casi siempre lo sencillo y humano, no siempre lo consigo, e intento la armonía entre lo que persigo y lo que viene a trasmano, huyendo a ser posible de la sensiblería”, pero “añoro de mi infancia, con gran melancolía, el canto de los grillos, las noches del verano, el olor de los campos al despuntar el día y el rumor de las fuentes que abre el hortelano para regar la tierra que abrasa la sequía”.
Y es que recordaba su infancia como una edad maravillosa, la edad del descubrimiento de los nidos, de la captura de conejos, de la persecución de lagartos y lagartijas, de los saltos sobre los montones de paja en la época de las eras, del baño en los charcos y regatos, de la búsqueda de los huevos de las gallinas y el refugio con sus amigos en los escondites infantiles ideados entre matorrales, robles y encinas.
¿Cómo podría olvidar aquella historia del murciélago en la casa de Dios? Pensó en lo que le dijo una vez Alberti a Vicente Aleixandre: ¿de dónde vienes tú, desde qué fondo de los años me llegas…? Siempre recordaría la enorme nariz de Eugenio, el sacristán, la pandilla de chiquillos vestidos de monagos llevando el copón al párroco Don Julián, el reposo silencioso del murciélago debajo del coro y el momento de encender los focos para ver el retablo, teniendo presentes los versos humanos de César Vallejo: ¿de qué deslumbramiento áfono, tinto, se ejecuta el cantar de los cantares?

La luz del día dominaba con su claridad todo el espacio y Gabriel, abandonando esos buenos recuerdos, se asomó al balcón para volver a mirar el paisaje que tanto amaba. Respiró hondo y llenó sus pulmones de aire fresco. Los arbustos de jara, florecidos y olorosos, se extendían a su alrededor. A lo lejos, entre los jarales, emergían grupos de pinos altos y de copa redonda. La vegetación cubría todo el espacio hasta la línea de horizonte que dibujaban los montes del Guadarrama. Unos tordos volaron en la altura en dirección noroeste. Después de unos instantes regresó a su mesa camilla.

¿Y cómo olvidar la historia de la cruz de Miguelito, el hijo pequeñito de Dios? El señor Ramírez había regalado una cruz de plata sobre una base de mármol blanco y alguien la robó de la iglesia del pueblo. Nadie sabe que, pasados unos meses, Miguelito bajó al río, muy cerca de La Rinconera, para escudriñar los sitios donde se criaban los sapos. No estuvo muy seguro y por eso no se lo contó a nadie, pero muy en el fondo del río, y tapado por unas hierbas espesas, creyó ver un, casi imperceptible, reflejo blanco y plateado. Gabriel recordó aquel río truchero al que fueron a pescar juntos Miguelito y él. Su agua descendía por el río sin turbulencia pero con mucha rapidez, sin verse el fondo de esa masa incolora, quizás un poco oscura, que le hizo recordar la poesía de Juan Ramón Jiménez:”No se ve el agua, pero en su presencia oscura, se baña la desnudez eterna para la que el hombre es ciego”.

El tiempo fue pasando demasiado deprisa al evocar estos recuerdos y Gabriel los escribía con ansia, como si fuera absolutamente imprescindible dejar ese testimonio personal en las cuartillas blancas de su carpeta. Pensaba ir a desayunar al bar del señor Emilio una vez terminado ese trabajo que se había impuesto. Se quitó la bufanda, que ya no le era necesaria por haber subido la temperatura y estiró sus brazos, descansando por unos momentos de escribir.

Recordó aquellos versos que escribió un día después de una introspección personal: “amo la soledad mas acepto lo cercano, el silencio me llena más que la algarabía, me avergüenza mucho hablar cuando yo soy profano, ansío la libertad, valoro la teoría y a todo el que me habla le considero hermano”. La palabra hermano le llevó a recordar a los amigos perdidos en el tiempo o en el espacio.

¿Cómo olvidar a Luis, un hombre de gran formación y espíritu abierto, vecino del pueblo, fallecido en Saint Gallen al poco tiempo de empezar una nueva vida en Suiza? ¿Por qué fue su destino tan cruel? ¿Por qué no pudo estar con él en esos momentos terribles y estrechar su mano con fuerza para reincorporarle a la vida?

La guerra perdida con Claudio fue también una experiencia dolorosa y triste. Al menos, sin embargo, pudo estar con él, entregarle su amistad y distraerle en aquellos momentos tan difíciles y dolorosos. Recordó a Claudio narrando su peregrinación a los médicos de Madrid, sus esperanzas, sus recaídas, la toma de medicamentos, su soledad en este pasaje de su vida y la confesión de que se sentía derrotado por un enemigo invencible.

“Esta guerra la voy a perder, Gabriel. Mi espíritu puede poco contra el designio de los dioses. Te pido que me ayudes a luchar contra esta angustia que me invade. No es miedo, acepto lo inevitable, pero necesito alguien que me eche una mano en esta soledad en que me encuentro”. Recordó cómo tendió su mano y le apretó fuertemente su antebrazo. Al perder Claudio su guerra aquel atardecer del otoño, desapareció de repente, como dijo el poeta José Angel Valente, “la súbita concentración de luz visible de las tardes de otoño”.

Muy gratificante fue sin embargo su amistad con el señor Raimundo. Antes de llegar a su casa, Gabriel había ya perdido cualquier referencia con el pueblo, sumergido entre jaras y matorrales, empapándose en esos aromas de lándano y de tomillo que tanto le embriagaban, siempre mirando al Guadarrama, recordando aquello que dijo José Hierro en su poema : “Qué sosiego volver, hablarte, abrazarte con mis miradas”. A partir de su conversación con el señor Raimundo alrededor de su chimenea, Gabriel quedó muy tranquilo al pensar en lo futuro, en lo inaccesible. Nunca lo olvidaría, el señor Raimundo no iría nunca al infierno. Esto le resolvió muchos problemas, recordando en esos momentos a Gabriela Mistral “sin saber tú que vas yéndote, sin saber yo que te sigo, y seguimos, y seguimos, ni dormidos ni despiertos”.

La conversación con Santos en la “cena de los hombres” fue asimismo muy gratificante. Gabriel pensó que había sido oportuna y había finalmente contribuido a transformar el primer beso de Ana y Santos en una feliz unión matrimonial. Durante la cena, allí arriba estaban, permanentes, las estrellas. La luna había dejado de estar de perfil y miraba más de frente, más blanca, más cercana, como queriendo integrarse en la fiesta y participar con su luz en la cena de los hombres del pueblo.

Cuando la amistad entre las personas es auténtica, puede haber un intercambio de pensamientos entre dos amigos que ayuden a esclarecer los planes futuros individuales, como ocurrió entre Gabriel y Andrés en sus charlas de la fisura, contemplando la lluvia a cubierto mientras comían sus bocadillos de jamón y sorbían su café caliente. Y miraban los campos y quebradas recordando el poema Octubre” de Luis García Montero:”a veces mar abierta, pero a veces niebla y distancia”.

Quizás el encuentro con Ernesto en “Los robledos” al pie del monumento al guarda forestal fue el más reflexivo y hondo de los habidos en sus excursiones por el Guadarrama. Las referencias a las teorías de Teilhard de Chardin, sobre la “unificación” o “la unión” le habían hecho recordar a Luis Cernuda en su poema “las ruinas”: “todo lo que es hermoso tiene su instante, y pasa. Importa como eterno gozar de nuestro instante”.

El encuentro con Tomás Enciso y su guiñol de títeres le había emocionado, al tratarse de conectar con personas que trabajaban en la vida con seriedad y vocación. Por eso, al pensar en ello siempre recordaría que yendo hacia el ayuntamiento para preparar la organización del guiñol, el cielo estaba muy azul y Gabriel, al mirarlo, pensó en esos versos de Rafael Alberti; “El cielo es todavía muy azul, tan azuladamente azul que, a veces, me hace llorar y entonces - cosas de viejo -pienso que mis lágrimas son también azules”.

Muy emocionante y espiritual fue su encuentro con Gabino Sánchez en la iglesia del párroco Don Julián, donde descubrió que se puede hablar con Dios fumando, por muy escondido que se esté en los últimos bancos y la soledad en que vive de un hombre viudo, aferrado a su tierra y con entrega al Dios en que cree. Inolvidables aquellos versos de Elvira Daudet que le hizo recordar la sorpresa de Gabino cuando se interesó por él: “inesperadamente existo, alguien me piensa más allá de las pálidas fronteras de los años quemados”.

¿Y como olvidar a Don Ricardo, ese entregado médico de familia, auténtico médico de pueblo, capaz de sobrellevar fracturas y dolores y entregarse personalmente para cuidar de sus enfermos?

Los recuerdos afluían a su mente en torbellinos y la punta de su lápiz se desgastaba en las hojas blancas que había situado encima de su mesa. Gabriel dejó de escribir, se asomó de nuevo al balcón y llenó sus pulmones de aire fresco. Recogió los papeles, se aseó lentamente, meditando en las ideas y emociones que había recordado durante esas horas y se dirigió al bar del señor Emilio para desayunar.

Después de saludarle, tomó como desayuno un café y dos grandes rebanadas de pan tostado con aceite de oliva virgen y miel. Le encantaba ese pan de pueblo, con un sabor especial a masa de trigo tostada y el señor Emilio conocía el punto exacto de tueste que convertía el desayuno en un festín de aromas y sabores.

Después, durante bastante tiempo, estuvo ordenando sus hojas blancas y escribiendo algunas líneas en una de ellas. Finalmente, después de pagar su desayuno se dirigió a la cocina y abrazó a Elisa con un cariñoso abrazo. Al salir, se despidió del señor Emilio y salió lentamente a la calle.

El señor Emilio se dirigió a la mesa donde había estado desayunando y observó que había olvidado encima de la mesa, doblada, una hoja. La recogió y, desdoblándola, leyó en ella: “Amigos del Guadarrama, esta es mi tierra, tan pegada a mí por el viento y el agua, que se ha convertido en mi propio barro, del color de mi propia carne. Si tengo ocasión, enterraré en ella mi corazón y lo repartiré para que se disuelva en pedazos, unos en esta mi tierra, otros en mi historia, el resto diseminados en la vida de los demás”.

Afuera, en la calle, el sol incitaba a vivir, el cielo azul a soñar y la algarabía de los pájaros sonaba como una música lejana. Gabriel decidió descansar de una noche tan especial y encaminó sus pasos hacia el campo, su campo del Guadarrama, entregándose a una meditación profunda que le explicase las razones del esplendor de su tierra.