miércoles, 9 de diciembre de 2009

Gabriel y la jara.



Gabriel respiró hondo y llenó sus pulmones de aire fresco. Los arbustos de jara, florecidos y olorosos, se extendían a su alrededor. A lo lejos, entre los jarales, emergían grupos de pinos altos y de copa redonda. La vegetación cubría todo el espacio hasta la línea de horizonte que dibujaban los montes de Guadarrama. Por un momento pensó Gabriel que estaba solo en el campo, que no existían casas, ni carreteras, ni postes de alta tensión. El cielo estaba totalmente cubierto de nubes grisáceas, pero la luz de media mañana era muy clara y permitía apreciar los más pequeños detalles del paisaje a una gran distancia. Cerros cubiertos de vegetación, barrancas oscuras, quebradas de roca granítica.

La flor de la jara es grande y blanca y en la base de cada uno de sus cinco pétalos hay una mancha rojiza, oblonga. Gabriel alargó su brazo y tocó con la punta de sus dedos una flor abierta. Admiró, como siempre, la levedad de sus pétalos y, al mismo tiempo, su firme consistencia. Se abrían hacia el exterior, circundando un botón amarillo, componiendo un conjunto armonioso que se extendía sobre el verde oscuro de la haz de las hojas. En una de las flores entraba y salía un abejorro enorme, de color marrón oscuro, produciendo un zumbido fuerte y regular que servía de fondo musical al silencio del campo. "Un bordón de moscarda" pensó, recordando el poema de Gerardo Diego a Gabriel Miró.

El jaral estaba surcado por senderos estrechos. Gabriel eligió al azar uno de ellos y caminó por él a paso lento entre los arbustos. El sendero era angosto y las ramas de las jaras le rozaban, por lo que tuvo que apartar algunas de ellas, impregnándose sus manos con el ládano que rezumaban. Intentó limpiárselas frotándolas en la tierra del sendero y entonces las vió. Eran unas manos grandes, salpicadas de esas manchas irregulares que aparecen con los años. "No son feas, son proporcionadas y fuertes - reflexionó - son las manos de un hombre maduro"

El sendero le condujo a un pequeño claro, en medio del que emergían unas rocas cubiertas en su mayor parte de musgo. Un roble sobresalía entre la vegetación. Gabriel eligió una roca para descansar. Llevaba ya dos horas caminando. Un pájaro salió volando velozmente del roble y se perdió entre las jaras. "Un tordo" pensó, mientras procuraba sentarse lo más cómodamente posible sobre la roca. El musgo, compacto y verde, le recordaba al terciopelo. Lo tocó suavemente, recorriéndolo con la palma de su mano. Al pie de la roca unas hormigas pequeñas y oscuras entraban y salían con rapidez de una de sus grietas formando una hilera bidireccional que se alargaba hasta un grupo de margaritas silvestres que asomaban entre la hierba.

Desde su asiento pudo observar otra vez las flores que coronaban los jarales y que se movían desordenadamente empujadas por el viento. Su color blanco intenso contrastaba con el gris de la nubes. "El cantábrico antes de la galerna - pensó - la mar rizada" De niño solía tumbarse en el suelo boca arriba y mirar el cielo imaginándose que estaba pegado al techo del mundo y que las nubes eran el mar y el mar estaba debajo de él. Con esa imaginación, que sólo los niños poseen, podía ver las olas moviéndose vertiginosamente, sucediéndose en una carrera hacia una costa lejana donde seguramente morirían estallando en espuma blanca.

Miró al cielo. El viento empujaba las nubes en dirección nordeste. Las montañas del Guadarrama estaban siendo envueltas por unos nubarrones oscuros que anunciaban tormenta. El cielo estaba vivo y las nubes se movían velozmente, sucediéndose, entrecruzándose. Una bandada de tordos voló sobre los jarales. La brisa, fresca y húmeda, trajo hasta Gabriel olor a hierba y lluvia. Volvió a tener esa sensación que tanto le gustaba cuando estaba en medio del campo, lejos de cualquier ambiente urbano. Era una mezcla de miedo al sentirse solo en medio de una naturaleza inmensa, anonadado ante los espacios enormes que le circundaban y de emoción al sentirse un ser vivo, biológico, parte integrante de esa misma naturaleza.

Recostado sobre la roca contempló ensimismado los colores del mundo vegetal que le rodeaba; el amarillo de los talaprados en plena floración, el verde de la hierbabuena y de la menta, el morado de la lavanda y del espliego y, sobre todos, el blanco de la jara contrastando con el gris del envés de sus hojas y el verde de su haz.


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