jueves, 17 de diciembre de 2009

Breve reflexión sobre la poesía en la red. (3)




EMILIO GOMEZ QUINTANA, POETA CANTABRO.

'Stay yet awhile! speak to me once again;(Poema Adonais de Percy B.Shelley)

Estos días de descanso navideño he vuelto a releer a Percy B.Shelley, sobre todo algunas estrofas del poema “Adonais”, sin duda uno de los más bellos de la poesía europea, dedicado por él a la muerte del igualmente extraordinario poeta romántico inglés, John Keats, fallecido en Roma en 1821, a los veinticuatro años y, a decir de Shelley en la introducción a la edición londinense de su poema,” a causa del dolor que le produjeron las mal intencionadas críticas vertidas en Inglaterra sobre su poema “Endymión”.

Decidí iniciar mi visita al poeta Emilio Gómez con el verso arriba escrito, no añorando su desaparición personal, por supuesto, sino deseando que siga residiendo felizmente en su pueblo Cabezón de la Sal, en Cantabria, lamentando que durante algún tiempo haya cesado de publicar sus poesías en la red, debido al agobiante trabajo que está realizando profesionalmente, imprescindible para seguir viviendo en esta terrible época de penuria laboral y económica que estamos padeciendo en nuestro país.

Tampoco el verso nada tiene que ver con que de mi crítica pueda deducirse irremediables consecuencias para la salud del poeta. Por el contrario, lo he elegido para enviarle un mensaje de ánimo con objeto de que nuestro querido y admirado poeta pueda reincorporarse con toda vitalidad cuanto antes a su trabajo poético y podamos recrearnos con su obra.

Siempre he pensado que nosotros somos el reflejo de algo. Somos seguramente un rapidísimo reflejo de una llama creadora, o un chispazo de vida bioquímica que se integrará en un tiempo dado en la inmensidad del espacio. Por eso no moriremos sino que seremos reflejados por lo que hayamos realizado en el corto relámpago de nuestra vida.

Habiendo leído con asiduidad las poesías de Emilio Gómez en la red y releído despaciosamente su obra, considero que su relámpago creativo durante treinta años ha merecido sobradamente mi dedicación a su lectura. Por ello, dado que ahora la publicación de su obra ha cesado por el momento, recurro a unos versos del poeta Charles Baudelaire (Spleen e Ideal – La musa enferma) para tratar de que su dedicación laboral no frene su creación poética:

Quisiera que exhalase un olor de salud
tu frente, siempre llena de sanos pensamientos,
que tu sangre corriera en efluvios normales

cual sones abundantes de sílabas antiguas,
en donde sólo reina el padre de los cantos,
Febo y el grande Pan, señor de los trigales.

Este cese momentáneo de su apertura a la red puede deberse por otro lado a esa ansiedad de silencio, de recogimiento personal que podremos observar a lo largo del recorrido de su obra, como puede leerse en los versos de uno de sus sonetos de “raíces del destino”:

Le robaré un minuto a la alegría
y después, como un quijote, vagando,
regresaré a mis cuarteles de invierno.


Entre las razones que me han movido a publicar esta reflexión sobre la poesía en la red quiero destacar que la principal es meditar yo mismo sobre los poemas publicados y profundizar sobre la repercusión de la materia poética que se me ofrece sobre mi propia personalidad. Las lecturas rápidas, unas veces me apasionan y otras me conturban, dependiendo de mi estado de ánimo. Por tanto, si realizo una reflexión general aclarando esa materia poética, lograré acercarme a mis amigos los poetas con el mensaje que firma Emilio en uno de sus sonetos de “Testamentario”:

Libre eres de quedarte o bien de irte
que aunque tú no querrás prestar oído
mis manos están aquí para escribirte.

La obra poética de Emilio viene a condensarse en su libro “Nace tu cuerpo en mis labios” que se desglosa en diez capítulos cuyo tema central es el amor hacia la mujer soñada. El poeta parte de la ”sombra de un sueño”, del amor imposible hacia la mujer amada que recuerda intensamente con un amor honesto y puro al cabo del tiempo, como se expresa en un pareado de “Cercos de sombra”:


A flor de piel en lápidas de acero
A flor de piel te quise y más te quiero


Conviene aquí precisar que, desde un punto de vista formal, su poesía es una búsqueda de las formas, que gusta investigar, desde el verso libre hasta el verbo medido, utilizando, pareados, cuartetos, octavas reales, romances y, especialmente sonetos, que domina con maestría, aunque él, en algún comentario, ha dicho:¨”soy autodidacta en todo, maestro en nada”.


La mirada en la poesía de Emilio viene a ser una contemplación de la vida real, tanto en el pasado como en el presente. No es ese mirar especulativo y metafísico que viene usándose desde los griegos. Sí en cambio me recordaría la mirada romántica de estos versos de Paul Géraldy (Poema El Umbral de Poemas de Amor y Románticos)

Sí, ahora eres digno de la vida.
Hasta ella te ha elevado
tu soñar doloroso de adolescencia, como
una oración que pide lo que ignora.


En su poema "Si algún día escucháis su voz" aparece por primera vez esa mirada romántica:

Me acostumbré a su ser
a su canción, a sus labios y a su voz
a su vida en mi vida, a su dulce mirada,
a sus gestos de niña traviesa,
a sus ojos y a su amor

Para luego convertirse en un sentimiento desgarrador y triste:

Después todo fueron recuerdos,
como un gran fuego abrasador,
devastador de sueños,
destruyendo silencios, afanes, pasión…

y al final evocar el amor a su amada:

Hoy no queda más
que unas pocas cenizas
que nunca volverán a arder.


En sus poesías suenan a veces ecos difusos de autores como Quevedo, Lope, Miguel Hernández, Mario Benedetti, Angel González, César Vallejo, José Hierro, José Angel Valente y León Felipe, lo que evidencia a un gran lector de poemas en las tardes y noches de su querida Cantabria.

El mismo manifiesta:

¿Adocenado? Nunca. ¿Fiel?, me callo.
Entre cegajoso y quevediano,
Soy terca torcedura del destino.

No sólo acaricia Emilio su palabra con rigurosa fonética y bien medida armonía, sino que se transparenta en sus versos un sentido musical de medida clásica, manifestando su desolación en uno de los sonetos de Testamentario:


soy canto mudo, triste ruiseñor


Pero la pérdida de su amor soñado, el vacío que le produce su ausencia definitiva y la incertidumbre de su realidad vital llega a desarmar su fortaleza y se sitúa al borde del abismo en su soneto autobiográfico:

Camino y no camino, voy y vengo,
y viendo siempre el vaso medio lleno,
al borde del abismo me detengo.


No hay pues, ahora, deslumbramiento sino desesperanza. Es una sensación total de tristeza y de añoranza que se respira en todas sus poesías. Hay soledades, hay vacíos, penumbras y noches solitarias de radio y de frío. Asi manifiesta en uno de sus preciosos sonetos encadenados:

Pasiones y ternuras ¿dónde estáis?
aunque bien fantasmales hoy seáis,
me sois tan necesarias como el pan.


Sus poemas tienen sensibilidad, pero esta sensibilidad no es exagerada; es más bien una expresividad triste, melancólica, pero siempre sujeta a la reciedumbre poética, sobreponiéndose el espíritu, etéreo y creativo al verso medido, a la palabra exacta.

En el capítulo Brevedades , sin abandonar nunca "la sombra de un sueño que soñara" (José Hierro) escribe unos versos escuetos muy bellos:

Como el viento
que mueve
las hojas de los árboles.

Como la brisa
que acaricia la suave y verde hierba.

Así somos…
tú, la hierba…yo el viento
.

Algún tratadista ha dicho que existe un cierto acuerdo en que en la cultura española no predomina demasiado la especulación abstracta, la pura fruición en las esencias intemporales.

En mi opinión, en la cultura española sí existe el deslumbramiento etéreo, la materia poética inabarcable; lo que ocurre es que el desbordamiento del corazón del poeta es tan arrasador, que existe en los poetas españoles un temor a que su poesía no sea comprendida y por lo tanto aceptada por los lectores y tratan de matizar la presencia de su materia poética.

Esa quizás sea una de las razones por las que el poeta Emilio Gómez Quintana esconda su enorme sustancia poética, aunque no siempre lo logre como en este magnífico soneto de su capítulo" Raíces del destino" que me resisto a no publicar:


Cuarteles de invierno.


Dejaré para luego los asuntos
que me enturbian en esta madrugada,
pues no quisiera despertar por nada
ni a los vivos, ni menos a difuntos.

Querer y no querer van siempre juntos,
la calma en tempestad, la marejada,
mar sin olas, insomne noche ajada,
amores, desamores, ¡siempre juntos!

No hallaré mejor hora en este día
para andar mis miserias recontando
que este casi alba, que este casi infierno.

Le robaré un minuto a la alegría
y después, como un quijote, vagando,
regresaré a mis cuarteles de invierno.

Esta soledad, este recuerdo amoroso soñado que impregnan toda su obra, no impiden que descargue su humor, casi siempre ácido y muy inteligente, en numerosos versos. Como en las cuartetas “Veinte años + o –“

Con mucho gusto, y si por mí fuera
veinte años me borraba del alma,
pero ahora que lo pienso con más calma…
“si veinte años menos yo tuviera,

También ella de menos los tendría:
‘oh no, vaya faena, qué terquedad!
yo…apenas con su propia edad,
y ella…¡en pañales todavía!”

Pero este humor no le satisface, porque siempre está presente su amor perdido y cree humor lo que es realmente tragedia:

Vengan tormentas tórridas conmigo,
mil sapos y culebras, maldiciones,
y también, si existieran, cien dragones,

trágueme la tierra si no desdigo.

Incluso utiliza un lenguaje convencional para terminar el ciclo de su desesperanza. Así, dice en su soneto “Ya me cansé

A partir de mañana seré un vago;
Del sofá ni de coña me levanto,
Con un vaso de vino, adiós al llanto.
¡Ah, este año los impuestos no los pago!


Quizás en una línea parecida a la de Valle Inclán en su famoso testamento:

Caballeros, salud y buena suerte,
da las últimas luces su candil´
ha colgado la mano de la muerte
papeles en mi torre de marfil.


La escasez crítica respecto a los poetas de la red contribuye, en cierta manera, a que los poemas publicados suelen salir perfectamente acabados, sin nada que descifrar, ni apenas una alusión encomendada a la cultura literaria del lector. Normalmente no se percibe ese deslumbramiento, esa ráfaga, ese destello creador en sus poesías. Con pequeñas excepciones, los comentarios que se dirigen los poetas de la red entre sí suelen ser laudatorios, muchas veces sin haber comprendido el sentido de la poesía elaborada. Estos comentarios se hacen con la idea de fomentar el ánimo de aquellos que publican y se piden inconscientemente respuestas recíprocas. Esto, por un lado, es positivo, porque ayuda a los creadores en su ánimo de integrar su trabajo en la red. Pero ocurre que, salvo en algún caso, una crítica veraz sobre la palabra escrita o una opinión personal veraz no son bien recibidas, aunque se emitan a través de las web para evitar que los demás lectores intervengan en la crítica realizada.

En la poesía de Emilio, en general, se destapa ese destello poético, como en el soneto

Preguntas sin respuesta”

¿Qué razón argumentará el sentido
para justificar una traición?
¿Qué figura esculpió el punzón
en las eternas piedras del destino?


Esta breve reflexión sobre la poesía de Emilio Gómez Quintana que me he permitido la licencia de escribir en mi blog “Meditaciones y relatos” ha intentado, en primer lugar revisar sin ninguna metodología pero con ánimo esforzado las líneas poéticas que he leído en sus versos y en segundo lugar, hacer un ejercicio que pueda producirme el necesario estímulo para seguir avanzando en el análisis de la obra de mis poetas compañeros de red. Agradecería mucho recibir comentarios críticos sobre el mismo. Gracias anticipadas.



veinte de diciembre de 2009

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domingo, 13 de diciembre de 2009

Breve reflexión sobre la poesía en la red. (2)

II.-El encanto de la relación en la red.


Como si nunca hubiera sido mía, dad al aire mi voz (Claudio Rodríguez)


Una crítica (del griego κριτικός:" capaz de discernir”) es, y naturalmente lo es en mi caso, una mera opinión personal, resultado de las impresiones que me han ido produciendo las lecturas de las poesías, relatos y opiniones de los participantes en la red. Las afirmaciones de cualquier estudio crítico deben llevar normalmente un apoyo documental, pero yo voy a ser simplemente un observador, al mismo tiempo ingenuo y amigable , sólo permitiéndome, como acompañamiento de mis observaciones, citar o publicar obras y pensamientos de los amigos de la red, asumiendo que la amistad estará siempre por encima de mis posibles opiniones porque, como decía R.M.Rilke en sus “Cartas a un joven poeta” “Nada es tan ineficaz como abordar una obra de arte con las palabras de la crítica”.


Atendiendo a este espíritu, no me voy a apoyar en ningún aparato documental, sino que me voy a limitar a citar a los autores de las ideas o comentarios que se incluyan en este estudio crítico, con plena libertad y sin sometimiento a estructuras preconcebidas, como expuse anteriormente, y recorrer un camino sobre un conjunto de obras de arte humildes, expresivas, de altas cualidades personales y lanzadas al aire con la desenvoltura de una naturalidad inteligente y cautivadora.

Esa plena libertad es la que tienen los que publican en la red, aplicando la frase de Claudio Rodríguez que abre este apartado. Tan es así, que se desarrolla a través de los comentarios una verdadera amistad, sin cercanías físicas sino espirituales.

La red es también un vehículo adecuado para nuestras fantasías poéticas. Poder escribir muchas veces anónimamente y siempre a distancia nos permite buscar a la “virreina del espíritu” en la neblina de nuestra fantasía, en la línea que indica John Keats cuando en su poema Nancy escribe:

Dejad vagar siempre a la fantasía,
el placer nunca se halla en casa,
con un toque de placer se derrite
como las burbujas cuando la lluvia cae con fuerza;
dejad entonces a la alada fantasía ir errante
por el pensamiento todavía extendido ante ella,
abrid de par en par la puerta de la jaula de la mente
y ella saldrá como una flecha elevándose hacia las nubes
.

En la red no existen problemas de edad ni de limitación de culturas. El espíritu de la red acaba contagiando a todos. Ese es, por ejemplo, el caso de María Amelia López, conocida internacionalmente como “la abuela bloguera”, que se unió a la red al cumplir 95 años, con un blog que inauguró el día que cumplió esa edad,el 22 de diciembre de 2006. La anciana se hizo famosa por su blog “A mis 95 años” que se convirtió en uno de los más visitados de la red, lo que le valió en 2007 el premio ”Best of Blogs” de la cadena internacional alemana “Deutsche Welle” a la mejor bitácora en español. María Amelia López falleció en Muxia, La Coruña, a los 97 años.

He constatado que un aspecto importante de la poesía en la red es la interactividad que se produce entre los poetas a través de la lectura de los poemas de los demás y de los comentarios que se entrecruzan y que dan lugar a verdaderas tertulias en las que puede observarse que, junto a los nuevos y asombrosos deslumbramientos de los poetas jóvenes, expresado en torbellinos de palabras inconexas, muchas veces resultado de la rebeldía juvenil, existen poemas de enorme madurez intelectual y vital que me recuerdan aquellos versos de Antonio Machado (Soledades XLI)

Si buscas caminos
en flor en la tierra
mata tus palabras
y oye tu alma vieja


Los que hemos escogido el camino de la poesía creemos que la condición de aventura hacia el infinito que sustenta siempre la auténtica poesía permite una generosa integración al margen de tendencias y de hechos diferenciales. La poesía tiene que surgir libremente para invadir todos los caminos posibles y eso avala la variedad de las poesías que llegan a la red.

Los poetas de la red en la que intervengo constituyen una pléyade de personalidades muy diversas. Hay profesores de instituto, poetas consagrados, jóvenes que se inician en el mundo de la poesía, magníficos narradores, estudiosos de artes plásticas, pintores, ingenieros, médicos, políticos, abogados, campesinos, de todas las nacionalidades y existe probablemente una mayoría de mujeres de gran altura poética.

Precisamente debido a esa variedad, con aspectos múltiples y diferenciados, se nos plantea la dificultad de realizar una tría entre los poetas de nuestra red, pero esa variedad de aspectos tan plural y sugestiva justifica, sin embargo, que hagamos un esfuerzo amigable para tratar con cierta objetividad nuestro acercamiento y sigamos en cierto modo aquello que decía San Juan de la Cruz en su “Cántico espiritual”

Buscando mis amores
Iré por esos montes y riberas;
Ni cogeré las flores
Ni temeré las fieras,
Y pasaré los fuertes y fronteras.


En su “Prólogo” a su libro “Poesía Española. Antología (Contemporáneos)” aparecida en 1934, Gerardo Diego hace una clara distinción entre la Poesía “virreina del espíritu” y “el demonio rebelde de la literatura” y así dice” cada día que pasa vamos viendo con mayor claridad que la poesía es cosa distinta, radicalmente distinta de la literatura”. No desprecia el valor literario de un verso, pero se pregunta: ¿llegó a la desnudez, a la plenitud de intención poética? Y expone: “La poesía es el sí y el no; el sí en ella y el no en nosotros”. El que prescinda de ello – el del qué sé yo –vive entregado a todo linaje de sustitutivos y supercherías, al demonio de la Literatura, que es sólo el rebelde y sucio ángel de la Poesía”.

Reflexiones de tanta entidad como éstas hacen difícil, muy difícil el trabajo de encontrar mis amores, aún pasando los fuertes y fronteras, pero como es necesario arriesgarse, aún solicitando la mayor indulgencia de mis amigos los poetas que coexisten conmigo en la red, con ánimo de evitar circunloquios y para no adentrarme en un mar de generalidades, diré con Antonio Tabucchi, “Se está haciendo cada vez más tarde” y pasaré de este breve exordio a mi difícil tarea.



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sábado, 12 de diciembre de 2009

Breve reflexión sobre la poesía en la red. (1)







I.- El salón de los Rechazados.


Me gustaría trabajar diez años para escribir un poema de una línea sobre el Salón de los Rechazados, pero no tengo tiempo, la vida se me escapa y son tantas las sensaciones, tantos los recuerdos que estas maravillosas personas han grabado en mi vida que me sería imposible contener mis emociones, transcribir mis sentimientos, condensar mis lágrimas, describir mis afectos. Claude, Camille, Lucille, Blanche, Edouard, Henry y tantos otros pintores que me estáis esperando en vuestras tertulias, compartiéndolas esta vez con vuestras modelos, con vuestras mujeres y vuestros amigos del arte nuevo, del aire libre, de los colores, sabed que yo, en mi interior, estoy ya participando de vuestras tertulias y mis comentarios os estarán llegando por la vía de la luz y de las estrellas.

Vosotros, los que fuisteis rechazados por el Salón de 1863, lograsteis exponer vuestras obras en el Salón que autorizó Napoleón III, que vino a llamarse “Salón de los Rechazados”. Cuántos disgustos, cuántos sinsabores, pero cuánta colaboración, cuánto desprendimiento, qué caudal de amistad entre todos. Allí nació vuestra pintura nueva, abriéndose una etapa innovadora y creativa.

Yo no sé pintar, pero amo el arte. Siempre me interesó mucho la escultura de Rodin. Durante los fines de semana de mi vida en París el último año de mi estancia fuí a visitar dos veces el museo Rodin. Si bien admiro todas sus esculturas, por su belleza y por lo que significaron de avance en la técnica de su tiempo, la escultura que siempre me fascinó, hasta el punto de ir a visitarla a Londres fué la de los Burgueses de Calais. Esta escultura tiene una peana muy delgada, lo que facilita al visitante estar a la altura de sus figuras y sentirse muy integrado con los personajes. Siempre he querido buscar algún movimiento poético que se base no sobre un pedestal de nombres famosos sino en una simple y delgada peana de obras poéticas que nos permitiesen apreciar el verdadero valor de la inspiración, sin tener que escalar alturas desproporcionadas. Me espanta leer las obras completas de los famosos, llenas de miles de sumas de sílabas, en su mayor parte, salvadas sólo por unos cuantos poemas de valor. Si alguna vez, cuando yo parta, alguien quisiera hacer una escultura sobre la poesía, me gustaría ocupar el puesto del burgués Eustache de Saint Pierre compartiendo su suerte con un pequeño grupo de humildes poetas de la Red, sin honores ni premios, plenos de sencillez y entrega ofreciendo su limitada, pequeña y sencilla obra para ser expuesta, quizás en el futuro, en un nuevo "Salón de los Rechazados".

Esta posibilidad de poder estudiar y realizar una crítica sobre los poetas de esta escultura “sin peana” me ha inducido a iniciar lo que llamaré ”breve reflexión sobre la poesía en la red”. Naturalmente esta reflexión se ceñirá a algunos de los poetas que escriben en la red por mí elegida, de un forma individual, pero contemplando el universo que representan. Y desde luego con plena libertad sin sometimiento a estructuras preconcebidas.

Después de muchos años de leer poesía y escribir poemas en mi intimidad, no leídos sino por mí mismo,(cuando uno escribe el lector es uno, como escribió Jorge Luis Borges), el destino me llevó a participar en un "blog "de poesía, que es una bitácora de poemas enviados electrónicamente a una red creada dentro del sistema Internet, susceptibles de ser compartidos y comentados por los demás participantes de ese mismo" blog" La posibilidad de que mis poesías fueran leídas al momento de escribirlas y de recibir comentarios a las mismas de una forma inmediata me cautivó, así como la posibilidad de leer alternativamente las poesías publicadas en cualquier momento por los poetas incorporados a la red. Traté de explicarlo en un soneto que escribí a Emilio Gómez, poeta cántabro, agradeciéndole el interés que puso en que yo me incorporara a la red de forma definitiva:

Viniste con calor, amigo Emilio
hasta mis versos nuevos y distantes
buceando en mi mar de consonantes
deshaciendo ataduras de mi exilio

y acercaste mi voz al nuevo idilio
de una red de poetas dialogantes
comentadores finos, diletantes,
émulos de Teócrito y Virgilio.

Se supone tal vez que cuando un poeta presenta unos estudios de crítica poética, lo ha de hacer con un ademán de pedir excusa; al poeta, según una idea órfico romántica normalmente vigente, le está vedado el uso del pensamiento por ser él instrumento pasivo de la inspiración, del fluido poético que cae desde lo alto o más probablemente, que asciende desde lo profundo de la tierra y le posee su embriaguez divina (José María Valverde). Yo, dicho sea de paso, creo quizás también románticamente, que los verdaderos poetas han heredado, como Orfeo de Apolo y la musa Calíope, el don de la música y la poesía. Admito también, naturalmente, la importancia de la palabra, pero creo en esa inspiración inesperada y embriagadora de los poetas.

Que la música y la poesía van a menudo entrañablemente unidas se evidencia leyendo a poetas como Gerardo Diego que afirmaba;”No es necesario cantar en ningún momento, de eso ya se encarga mi verso” Aunque la poesía y la música evolucionaron por caminos singulares y distintos, utilizando la música instrumentos variados, la poesía se basó fundamentalmente en el instrumento de la palabra, lo que no es poco, utilizando repeticiones, aliteraciones, juegos de palabras y, por supuesto, rima.

Hablar de la unión poesía y música se evidencia con nitidez en la red, unas veces por la musicalidad intrínseca de las poesías enviadas y casi siempre por la utilización de la técnica de internet para acompañar a la palabra escrita con el sonido musical, complementándose ambas con la impresión en las entradas de fotografías, videos y otras singulares y virtuosas técnicas.

Como dije anteriormente, no deseo sujetarme a ninguna estructura preconcebida para continuar mis ideas, porque me he propuesto exponerlas obedeciendo aquello que decía una canción popular vasca

Iruten ari nuzu,
Khilua gerrian


Que traducido al español quiere decir

La rueca en la cintura
Es mi tarea hilar

Y digo bien español y no castellano, porque uno de los atractivos de la red es la presencia de numerosos poetas de habla española que intervienen activamente y nos ofrecen un panorama de las letras universalmente español, aportando nuevos vocablos y modismos que enriquecen nuestro maravilloso idioma.

Los poetas que se integran en la red pueden incluir su currículum vitae personal, especificando su nombre y apellidos, aficiones, trabajos realizados y su página web, al objeto de comunicarse con los demás. Sin embargo, cada miembro puede poner los datos que desee, no teniendo ninguno un carácter obligatorio. Esta es una de las virtudes de la red de poetas, la comunicación distante y no personal,que sin embargo se convierte con el tiempo en muy afectiva. La absoluta libertad personal para publicar su poesía o su comentario favorece una interrelación honesta del pensamiento. Por ello, cuánta colaboración, cuánto desprendimiento, qué caudal de amistad entre todos. Esto producirá, sin duda, el nacimiento de una poesía nueva, abriéndose como a los artistas del Salón de los Rechazados, una etapa innovadora y creativa.


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jueves, 10 de diciembre de 2009

El niño azul.



-“¡Santos, Santooos..." gritó Gabriel mientras agarraba con todas sus fuerzas por las patas traseras a un conejo gris que intentaba zafarse dando estirones fuertes y convulsivos ¡un conejo enorme, corre!

Trotando entre los matorrales apareció un niño pequeño y delgado. Tenía el pelo negro, la piel oscura curtida por el sol, unos ojos claros de gran viveza y unas orejas de soplillo que le daban un aspecto travieso y simpático. Vestía un pantalón corto de pana marrón sujeto por un cinturón de cuero muy desgastado por el uso y una camisa de manga corta que podría ser blanca si no fuera por las manchas de barro y de resina que la cubrían casi en su totalidad. Calzaba unas alpargatas con suelo de goma negra y llevaba en una de sus manos una vara larga y flexible.

- ¡No le dejes escapar, sujétalo con todas tus fuerzas, que ya llego! Se acercó a Gabriel y, cogiendo al conejo por las orejas con gran maestría, deshizo el lazo de cobre que rodeaba su cuello.

- Este lazo es del guarda de la finca de Don Manuel. Ya podemos salir corriendo, porque si nos pilla nos desloma.

- Vuelve corriendo a tu casa con el conejo – dijo Gabriel recogiendo su vara - y llévatelo antes de que nos vean. Yo volveré a poner el lazo en su sitio.

Mientras Santos corría velozmente por el monte, Gabriel rehizo el lazo de cobre, aseguró la estaquilla al borde de la senda por donde solían pasar los conejos y, lanzando una última mirada de satisfacción al artilugio, emprendió una rápida retirada en dirección a la casa de su amigo. Le asombraba que los conejos cayeran en un lazo tan pequeño y que la estaquilla resistiese los saltos que daban al sentirse aprisionados por el cuello.

El sol de agosto brilla con tanta luz que los ojos se ponen rojos si te atreves a mirarlo. El cielo es de un azul intenso y el calor se hace a veces insoportable. Gabriel corrió agachado entre las matas para evitar ser visto si alguien paseaba por el campo. Sentía la emoción del furtivo y el orgullo de haber sido él quien localizó al conejo atrapado en el lazo. El suelo estaba caliente y de la solana se desprendía un vaho con olor a tomillo. En su carrera ni siquiera notaba los arañazos de los matojos en sus piernas, sorteando intuitivamente los obstáculos que se le presentaban, saltando regueros, rodeando zarzales, pero siempre siguiendo el rumbo que tan bien conocía en dirección a la casa de su amigo. De cuando en cuando espantaba algún saltamontes, que de un salto se escabullía entre las jaras. Vio pasar fugazmente una lagartija con su cabeza erguida y su rabo haciendo las veces de timón. Un verdejo voló sobresaltado en dirección al valle.

Al cabo de un tiempo que le pareció eterno, pudo divisar la casa de Santos. Era una casa con la fachada de piedra, de un piso, con tejado de láminas de pizarra, situada a las afueras del pueblo, Las piedras eran de granito y estaban unidas por un cemento que en su momento debió ser blanco, pero que ahora tenía un color ocre. Algunas de las tejas de pizarra estaban desportilladas y de las hendidura sobresalían hierbajos resecos por el sol. Las dos ventanas de la fachada tenían reja, pero la puerta de la casa estaba siempre abierta, oculta por una persiana de paja de color verde que llegaba hasta el suelo, para permitir pasar el aire y resguardar el interior del calor. Adosado a uno de sus costados había un cobertizo que servía de gallinero, fabricado parte con planchas de madera y parte con una alambrada. Aunque las gallinas se movían por los alrededores de la casa picoteando el suelo con toda libertad, la madre de Santos las encerraba todos los días al anochecer para protegerlas de las alimañas, atrayéndolas con pienso o granos de cebada. Delante de la casa había una pileta de piedra que servía para lavar la ropa. Una bicicleta marrón se apoyaba contra una encina grande situada a pocos metros de la puerta, que tenía a su lado un banco de granito de una sola pieza,

A acercarse a la casa pudo oír a Santos hablar en alta voz con su madre:

- Te juro que lo hemos cogido entre Gabriel y yo. De verdad que no es de cepo. Yo lo espanté hasta una zarza y, como no tenía salida, enrollamos su piel con la punta de la vara y tirando hacia nosotros lo cogimos.

- Santos, dime la verdad, que como me mientas te la vas a ganar.

- Te juro que es verdad, madre y si no que me parta un rayo.

- No jures – contestó la madre, dando un pescozón a su hijo, Mira, ahí viene Gabriel y ya veremos si ha ocurrido como tú dices.

Al llegar Gabriel a la puerta de la casa, Santos se le acercó presuroso.

- ¿Verdad que este conejo lo hemos cogido nosotros en un zarzal con la vara? Le dijo casi gritando.

La madre de Santos miró a Gabriel, que no supo qué decir y le dirigió una sonrisa mezcla de impotencia y resignación.

- Está bien, está bien – dijo – lo llevaré a la cocina y mañana le invitaremos a Gabriel a comer.

Santos lanzó un suspiro de alivio y se sentó en el banco de granito con cara de triunfo.

¿Y Quico? Preguntó Gabriel.

- Voy a por él – contestó Santos. Se levantó y entró en la casa ladeando la cortina verde. Al poco rato salió arrastrando una hamaca de lona plegada acompañado por un niño de unos siete años de edad. Montó la hamaca a la sombra de la encina y ayudó al niño a recostarse en ella.

Quico se parecía mucho a su hermano, pero era muy delgado y de tez pálida. Cuando Gabriel le conoció quedó impresionado por la sensación de fragilidad que producía. Quizás se debiera a que, aunque podía moverse por él mismo, siempre había alguien cerca de él que le cogía del brazo o de la mano con aire protector. Su piel era muy blanca, casi transparente, y tenía un ligero color azulado que se oscurecía alrededor de sus ojos. Andaba con precaución, como temiendo caerse en cualquier momento, y daba la sensación de estar siempre cansado.

¿Qué le pasa a tu hermano? Había preguntado Gabriel.

- Nada – respondió Santos en un murmullo, casi sin dar importancia a la pregunta – es un niño azul.

Gabriel calló, aceptando la respuesta de Santos sin indagar más, en parte para no demostrar su ignorancia y en parte porque presentía que profundizar sobre el asunto podría molestar a su amigo.

Quico se recostó en la hamaca con aire cansado y dijo:

- Sois unos tíos estupendos. Me tenéis que llevar con vosotros al monte. Seguro que cogemos un conejo grande, grande entre los tres.

Santos pasó su brazo alrededor de los hombros de su hermano y le dijo:

- Iremos cuando te encuentres más fuerte, Quico. Con tu ayuda no hay conejo que se escape.

Gabriel nunca olvidó la ternura conque Santos respondió a su hermano. El hecho de que Quico fuese su único hermano y estuviese tan imposibilitado físicamente le hacía sentirse un poco su protector, pero siempre procuraba comportarse de una forma natural, espontánea, para evitar cualquier referencia a su enfermedad. Nunca hablaba de ella y, cuando los chicos del pueblo, infantilmente inconscientes, se burlaban de la debilidad de Quico y de su color azulado, hacía frente a las burlas y más de una vez se enzarzó en una pelea con alguno, rodando por los suelos, indignado ante los ataques de que era objeto. Quico era para él lo más querido del mundo y toda la hombría que poco a poco se iba consolidando en su cuerpo de niño se ponía inconscientemente a su servicio, creciendo, consolidándose, como un borrador de lo que en el futuro iba a ser ese niño-hombre.

Gabriel y Santos se sentaron en el suelo alrededor de la hamaca y los tres niños comenzaron a charlar animadamente. Hablaban casi a gritos, interrumpiéndose, quitándose la palabra llenos de excitación. Quico estaba feliz. Se incorporaba sobre la hamaca y les miraba alternativamente a medida que hablaban. Sus ojos marrones tenían un brillo intenso que resaltaba sobre el fondo azul oscuro de sus cuencas. Parecía una crisálida que intentaba salir de su receptáculo-hamaca para integrarse en la vida que le rodeaba, en el bullicio y la alegría de unos niños que encarnaban la felicidad.

- De mayor vamos a tener una finca muy grande, que llegue casi hasta el Guadarrama y cazaremos los tres sin que nadie nos lo prohíba.

- Y tendremos escopetas del doce como la del tío Jacinto.

-Y tendremos un perro.

-Y haremos una guarida entre las jaras donde nadie podrá encontrarnos.

-Y por la noche haremos hogueras.

- Y nos bañaremos en los regatos.

Mientras los niños hablaban la madre de Quico les miraba enternecida desde la puerta de su casa. No supo si fue por la luminosidad del sol del atardecer o el esfuerzo por mirar a los niños desde lejos, pero de pronto sintió una lágrima bajar despacio por su mejilla. La enfermedad del corazón había castigado sin piedad a su hijo. Miró hacia el cielo azul y secó su lágrima con el dorso de la mano.



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miércoles, 9 de diciembre de 2009

Gabriel y la jara.



Gabriel respiró hondo y llenó sus pulmones de aire fresco. Los arbustos de jara, florecidos y olorosos, se extendían a su alrededor. A lo lejos, entre los jarales, emergían grupos de pinos altos y de copa redonda. La vegetación cubría todo el espacio hasta la línea de horizonte que dibujaban los montes de Guadarrama. Por un momento pensó Gabriel que estaba solo en el campo, que no existían casas, ni carreteras, ni postes de alta tensión. El cielo estaba totalmente cubierto de nubes grisáceas, pero la luz de media mañana era muy clara y permitía apreciar los más pequeños detalles del paisaje a una gran distancia. Cerros cubiertos de vegetación, barrancas oscuras, quebradas de roca granítica.

La flor de la jara es grande y blanca y en la base de cada uno de sus cinco pétalos hay una mancha rojiza, oblonga. Gabriel alargó su brazo y tocó con la punta de sus dedos una flor abierta. Admiró, como siempre, la levedad de sus pétalos y, al mismo tiempo, su firme consistencia. Se abrían hacia el exterior, circundando un botón amarillo, componiendo un conjunto armonioso que se extendía sobre el verde oscuro de la haz de las hojas. En una de las flores entraba y salía un abejorro enorme, de color marrón oscuro, produciendo un zumbido fuerte y regular que servía de fondo musical al silencio del campo. "Un bordón de moscarda" pensó, recordando el poema de Gerardo Diego a Gabriel Miró.

El jaral estaba surcado por senderos estrechos. Gabriel eligió al azar uno de ellos y caminó por él a paso lento entre los arbustos. El sendero era angosto y las ramas de las jaras le rozaban, por lo que tuvo que apartar algunas de ellas, impregnándose sus manos con el ládano que rezumaban. Intentó limpiárselas frotándolas en la tierra del sendero y entonces las vió. Eran unas manos grandes, salpicadas de esas manchas irregulares que aparecen con los años. "No son feas, son proporcionadas y fuertes - reflexionó - son las manos de un hombre maduro"

El sendero le condujo a un pequeño claro, en medio del que emergían unas rocas cubiertas en su mayor parte de musgo. Un roble sobresalía entre la vegetación. Gabriel eligió una roca para descansar. Llevaba ya dos horas caminando. Un pájaro salió volando velozmente del roble y se perdió entre las jaras. "Un tordo" pensó, mientras procuraba sentarse lo más cómodamente posible sobre la roca. El musgo, compacto y verde, le recordaba al terciopelo. Lo tocó suavemente, recorriéndolo con la palma de su mano. Al pie de la roca unas hormigas pequeñas y oscuras entraban y salían con rapidez de una de sus grietas formando una hilera bidireccional que se alargaba hasta un grupo de margaritas silvestres que asomaban entre la hierba.

Desde su asiento pudo observar otra vez las flores que coronaban los jarales y que se movían desordenadamente empujadas por el viento. Su color blanco intenso contrastaba con el gris de la nubes. "El cantábrico antes de la galerna - pensó - la mar rizada" De niño solía tumbarse en el suelo boca arriba y mirar el cielo imaginándose que estaba pegado al techo del mundo y que las nubes eran el mar y el mar estaba debajo de él. Con esa imaginación, que sólo los niños poseen, podía ver las olas moviéndose vertiginosamente, sucediéndose en una carrera hacia una costa lejana donde seguramente morirían estallando en espuma blanca.

Miró al cielo. El viento empujaba las nubes en dirección nordeste. Las montañas del Guadarrama estaban siendo envueltas por unos nubarrones oscuros que anunciaban tormenta. El cielo estaba vivo y las nubes se movían velozmente, sucediéndose, entrecruzándose. Una bandada de tordos voló sobre los jarales. La brisa, fresca y húmeda, trajo hasta Gabriel olor a hierba y lluvia. Volvió a tener esa sensación que tanto le gustaba cuando estaba en medio del campo, lejos de cualquier ambiente urbano. Era una mezcla de miedo al sentirse solo en medio de una naturaleza inmensa, anonadado ante los espacios enormes que le circundaban y de emoción al sentirse un ser vivo, biológico, parte integrante de esa misma naturaleza.

Recostado sobre la roca contempló ensimismado los colores del mundo vegetal que le rodeaba; el amarillo de los talaprados en plena floración, el verde de la hierbabuena y de la menta, el morado de la lavanda y del espliego y, sobre todos, el blanco de la jara contrastando con el gris del envés de sus hojas y el verde de su haz.


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