miércoles, 14 de diciembre de 2011

Navidad 2011.

Querid@s poetas: Nuestro padrino , el poeta Gerardo Diego, nos envió a Peque y a mí la felicitación de la Navidad 1977 con el poema que transcribo a continuación. A tod@s os deseamos que estas navidades os acompañe el Niño Dios.


¿De dónde le viene la luz
a la luz de la nieve?
Está el Niño rompiendo su capullo
y ya se le ve la sonrisa.

Ay, que no puedo,
que nos arde y deslumbra
esa luz que nos ciega y enamora.
Déjame cerrar los ojos ahora.

Ay, que a mis párpados llama
esa luz que nos besa y nos quiere,
esta luz que sonríe y no llora.
Déjame abrir los ojos ahora.



martes, 15 de noviembre de 2011

Añoranza de Paco Vighi.

Esta es una historia que esbozo como añoranza de un escritor casi desconocido al que  ahora recuerdo desde los años de mi juventud, aunque no tuve la fortuna de conocerle personalmente, pero sí través de Julia, su mujer, sus hijos y su obra. En esta entrada hablo tambiém, aunque someramente, de mi vida.
Paco Vighi:


Poeta, me dicen los ingenieros, ingeniero, me dicen los poetas (Paco Vighi)


**********************


Para mi, Paco, mi gran amigo, no es ingeniero, ni poeta, ni labrador...es un cantante de balneario. (Valle-Inclán).


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"VIGHI(Autoretrato):


Para que todo se diga


al que agora aludo y comento


construye y vende las vigas(el apellido le obliga)


sin metal y sin cemento.


A mí me parece un cuento


(que así son las cosas suyas:


hace vigas y aleluyas).


Es difícil que le veas,


que le encuentres por chiripa.


Explicaba chimeneas


valiéndose de la pipa.


A Madrid viene; se equipa,


mete cerveza en la tripa,


deja el Lion y la Elipa,


va a Palencia y Arequipa;


cuando don Manuel le guipa


le mete en clase y la da


pero a veces se anticipa


y entonces el muy guripa


se va.


Belalcázar Nº 6:




Yo nací en la madrugada del seis de marzo de mil novecientos treinta y cuatro. Fui el menor de cuatro hermanos, Francisco Javier, María Jesús, José Ignacio y yo mismo, Fernando. Mi madre, Ignacia Solís Núñez de Prado, había casado con Francisco Jiménez Ontiveros, abogado, Doctor en Ciencias Exactas y Doctor Ingeniero de Caminos, Canales, Puertos y Ferrocarriles. Nuestra casa era el nº 6 de la calle Belalcázar, construida dentro del conjunto Parque Residencia (1931-1934).

Este Parque Residencia ocupaba el espacio entre las calles Paseo de la Castellana, Vitruvio y Joaquín Costa, Carbonero y sol, Jorge Manrique y Belalcázar. Los arquitectos (proyecto general y urbanización) fueron Rafael Bergamín Gutiérrez y Luis Blanco-Soler Pérez. Esta actuación supuso el primer intento de importar el racionalismo europeo en la construcción de viviendas, incorporando por esta vía los principios del Movimiento Moderno. Para ello, el constructor Iturbe, junto a promotores y arquitectos hacen una lectura beneficiosa de la Ley de Casas Baratas y levantan un conjunto destinado a alojar profesionales liberales, siguiendo un sistema de urbanización de pequeña ciudad jardín.


El conjunto en sí sigue plenamente posprincipios racionalistas, eliminando en el exterior todo elemento superfluo, para volcarse en un interior confortable, basando la decoración mural en la sencillez de los vanos, en algún gesto expresionista como los esquinazos en forman de proa o los aleros a modo de plano trasversal que da forma a los porches, conformando un conjunto estético de aire neoplasticista.


Al formar parte mi padre de este grupo de profesiones liberales, compró la casa citada en el nº 6 de la calle Belalcázar, que es una pequeña calle paralela al Paseo de la Castellana y es cruzada por tres calles: Carbonero y Sol, Grijalba y Jorge Manrique.


Mi madre, Ignacia, nacida en Málaga, era de ascendencia vasca y soriana. Era bellísima, de cabello rubio y ojos muy azules. Mi padre nació en un pueblecito llamado Sierro, provincia de Almería y tenía los ojos muy negros y acerados y el pelo negro. Nacido en el seno de una familia muy pobre, gracias a su portentosa inteligencia, logró obtener becas de estudio que le permitieron seguir tres carreras con suma brillantez. Gracias a su notable capacidad fué nombrado Jefe Superior de Ferrocarriles.


Cuento estos datos, no con objeto de hablar de mi vida, sino de la circunstancias que permitieron sucedieran dos hechos notables: la entrada en mi vida de mi madrina Gloria de Luna y el conocimiento de la familia Vighi. De hecho, en la Cooperativa de Casas Económicas compraron casa muchos notables intelectuales, como el poeta José Bergamín, matemáticos como Bachiller y diversos artistas y pintores. Las características innovadoras de la propuesta así como la situación privilegiada de la barriada, contribuyeron a que esta colonia no sólo fuera proyectada por arquitectos sino elegida por ellos como lugar de residencia, junto con otros profesionales e intelectuales relevantes del momento. Además de los propios autores del proyecto, allí vivieron, entre otros, Fernando García Mercadal, Fernando Salvador, Esteban de la Mora, Javier Gómez de la Serna (hermano de Ramón) y Fernando Cánovas del Castillo.Las casas se construyeron aisladas o agrupadas en hileras, cada una con tres plantas: en el semisótano servicios; en planta baja vestíbulo, comedor y sala de estar; en segunda planta dormitorios y baños.


Una vez terminada nuestra casa, mis padres y mis tres hermanos se trasladaron a vivir en ella. Fueron momentos felices para todos. Mi padre viajó incluso al extranjero delegado por la República. En este clima de felicidad nací yo el 6 de marzo de 1934, en la habitación de mis padres. Sin embargo, la vida empezó a complicarse a partir de la revolución socialista en Asturias. Comenzaron los movimientos prerrevolucionarios, las izquierdas y los falangistas comenzaron a tirotearse en las calles. Mi padre, funcionario del estado, ingeniero especializado en ferrocarriles, no podía abandonar su trabajo pero, ante el clima de asesinatos indiscriminados entre la población civil, envió a mi madre y a los cuatro hermanos a Sevilla, donde residía su hermano Federico, médico del ejército del Aire. En esos momentos difíciles de preguerra, mis padres conocieron a sus vecinos más inmediatos. Los Bergamín eran viejos amigos y vivían en la esquina de Belalcázar con Jorge Manrique. En la calle Grijalba, en un chalet adosado al nuestro, vivían las hermanas Josefina y Gloria de Luna, hijas de un abogado del estado ya fallecido. Debido a esa cercana amistad, mis padres decidieron ofrecer a Gloria, mujer muy inteligente y políticamente republicana, ser mi madrina. Ella aceptó y eso pudo ser, al cabo de los años, un hecho muy importante para mi vida, ya que Gloria, una vez fallecido mi padre en 1944, se convirtió en mi especial profesora de arte y literatura. Vecinos privilegiados fueron Paco Vighi y su esposa Julia Arroyo, que vivieron en la calle Grijalba, nº 10. Tuvieron un hijo, al que llamábamos Cuco, que como ingeniero industrial llegó a ocupar la cátedra de su padre y a quien llegué a conocer personalmente al cabo de los años, así como a sus hijas, Almudena e Isabel.


A poco de comenzar a estudiar la carrera de Derecho, en la vieja Universidad de San Bernardo, conocí a la que iba a ser mi esposa, Flora María Diego Ayala (Peque) hija de Marcelino, hermano del poeta Gerardo Diego. Nuestra boda se celebró en 1957, siendo nuestro padrino Gerardo Diego, al haber fallecido el año antes Marcelino. Recién casados fuimos a vivir a una casa en alquiler en la calle Vallehermoso, y hasta siete años después no pudimos volver a vivir en la casa de Belalcázar. Como Paco Vighi murió en 1962, no tuvimos ocasión de conocerle personalmente y todo lo que sé de él es a través de sus escritos,su familia y de la amistad de mis hijos con sus nietas, que continuaron viviendo en su casa de Grijalba, 10. La viuda de Paco Vighi, Julia Arroyo, fué una íntima amiga nuestra. Era una mujer extraordinaria, inteligente, culta y muy simpática. Fué a traves de ella que conocí más profundamente la obra de su marido. Me regaló su libro "Nuevos poemas" con una dedicatoria muy cariñosa y un prólogo estupendo de Jesús Castañón Díaz.


El padre de Paco Vighi fué Humberto Vighi Corradi, ingeniero italiano que trabajó en la línea del Norte, dirigiendo la obra maestra de la ingeniería ferroviaria del paso del Puerto de Pajares. Murió en acto de servicio, como Jefe de Vías y Obras, en 1891. Su viuda, la palentina Faustina Fernández y sus cuatro hijos quedaron en Madrid, donde nació nuestro poeta, en el número 14 de la calle Ferraz de Madrid. Estudiante brillante- con una nota media de notables y sobresalientes - se matriculó en la Escuela de Ingeniería Industrial de Madrid, donde figura inscrito de 1910 a 1926, aunque a lo que de verdad se dedica es a una intensa vida de la bohemia madrileña, alternando las tertulias literarias del Henar, del Lion, del Café Levante, del Café Pombo, de El Gato Negro..( consultar Jesús Castañón, "Francisco Vighi y su obra", 1971).


En estas tertulias conoció a Valle Inclán, que le distinguió con el apelativo de "sobrino" y "el noveno poeta español" alternando con su viejo condiscípulo del San Isidoro, Ramón Gómez de la Serna, que le convierte en figura imprescindible en la Tertulia de Pombo, con Claudio de la Torre y con Unamuno. Apenas pisó la Escuela de Ingeniería Industrial, de cuyo himno - letra y música - es autor. En el album conmemorativo de la promoción 1920-1926 se escribe:


Contando chistes del Ateneo


fumando en pipa, sentado al sol,


Vemos a Vighi curso tras curso,


pinta de artista, siempre de humor.




Consideró a la pipa como el símbolo del revuelto mundo de los -ismos- que él veía representados en Ramón. Al volver Ramón Gómez de la Serna a pasar unos días en España (con motivo de la donación del cuadro de Solana sobre "La tertulia de Pombo" al museo del Prado y observar Paco Vighi que bajaba del barco sin el preciado instrumento, no dejaba de gritarle :


-La pipa, Ramón, la pipa.


De vez en cuando viajó Paco Vighi a su tierra palentina, donde intentó ser labrador en una tierra heredada de su madre, y minero en Cervera, donde explotó la mina La Paquita. Al casarse en 1928 con Julia Arroyo, en la capilla de la finca de Macintos, vuelve a Madrid, donde se incorpora como profesor auxiliar a la cátedra de Termodinámica de la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid, el mismo año en que nace su hijo Francisco, hoy catedrático de dicha asignatura en la misma Escuela.


Paco Vighi fué ante todo un hombre de fuerte vitalidad, un exaltador del ocio como supremo valor de todos los valores:


Ni negocio


Ni sacerdocio.


Ocio.




En un libro, que me regaló su viuda Julia Arroyo, puede leerse esa poesía divertida e inteligentemente despiadada de Paco Vighi. Por ejemplo, en sus "Poemas de Palencia", puede leerse un poema sobre "Geografía Provincial" tan cáustico como éste:


La provincia de Palencia


al Norte de España está.


Tiene ocho mil kilómetros


poco menos, poco más.


Arriba está Santander,


a trece leguas el mar,


Burgos mirando hacia Francia;


León yendo al Canadá;


y a sus pies Valladolid,


que es donde tiene que estar.



o éste:




Plagas del campo.






Se acabaron, cosa rara,


el mildiú y la filoxera;


la langosta es forastera


y además está muy cara.




En sus divertidos "Bocetos de tertulias", hay una soberbia poesía llamada "omisión-queja-explicación", dirigida al escultor Sebastián Miranda " a quien no incluí en Semblanzas" con el siguiente:


Estrambote.




Si te comí lo mismo que a una gamba,


sirva el presente bombo


para que vuelvas al Lion y a Pombo


Y así olvides mi olvido ¡Qué caramba!




En sus "Poemas Regionales", dedica su poesía "Amanecida en Madrid" con versos como éstos:






Legañosos tranvías,


troles adormecidos. Luz Lechosa


de aguardiente en el agua. Mil manubrios


tuestan café en el ritmo de la polka.


Triunfo de barrenderos, de beatas,


guardias y perros, carros, templo, lonjas.


Todo el suburbio asalta


la ciudad dormilona.






Y finalmente, en sus "Poemas Familiares " escribe.






La última felicitación.


Aunque ripioso, improviso,


¡Tres meses enfermo en casa!


(Grijalba 10, junto al Viso)


aquí reposo, repaso,


me examino y me confieso.


Nada espero de la U.S.A.


ni creo en la esencia rusa.

Los que pisaron la rosa,


prohibieron la sonrisa


y asustaron a mi musa.


De la catástrofe esa


ninguno ha quedado ileso.


El arte es turbio y espeso.


La comida muy escasa.


La cultura muy Espasa.


Sin sonrisa, musa y rosa.


Hay que apresurar el paso,


inscribirse en El Ocaso


y morirse y a otra cosa.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Distancia de ti.

Distancia de ti.

No puedo verte cerca de mi
no puedo verte,
no puedo oír tu voz cerca de mi
no puedo oírte,
no estás cerca de mi
no puedo sentirte,
no puedo hallarte a mi lado
no puedo encontrarte,
no puedo pensar que estás lejos de mi
no puedo olvidarte,
tierra mía, mi historia, mi cuna, mi espíritu.



(Siempre pensando en España)

viernes, 7 de octubre de 2011

La mesa vacía.





La mesa vacía.


¿Por qué estás tan callado, es que no puedes vernos,
no ves que ya no hay platos en la mesa vacía,
que no se ven  los niños, que ya no hay alegría,
y que nuestros silencios nos parecen eternos?.

¿Dónde estás escondido que el gallo ya no canta,
el gato no se lame, el lagarto se esconde
porque el sol no aparece y no se sabe donde
arrullan las palomas, y el reloj no adelanta?.

Qué blanca era la aurora, y qué verde la hiedra,
y qué fuerte la lluvia sobre el campo caía,
pero ahora ya no hay platos en la mesa vacía
y ni siquiera el musgo puede cubrir la piedra.

Ya no quiero usar yeso para unir las junturas,
ni repintar la casa, ni cuidar la fachada,
porque tú has conseguido que en mi nueva alborada
ya no existan colores  que salven mis pinturas.

Tanta ha sido la quiebra de mis planes de vida
que la culebra escupe su veneno en mi palma
y el amor ya no existe, que se me rompe el alma
y a torrentes la sangre se escapa de mi herida.



sábado, 1 de octubre de 2011

El Templo de Kamakura.

.
El Templo de Kamakura.

La oración de los santos, la espada del guerrero,
la penumbra del bosque, el canto del jilguero,
la madera labrada que rezuma humedad,
los dragones pintados que no tienen edad,
la Puerta de los Templos, lavatorios enanos
donde los peregrinos purifican sus manos,
el verde de los cobres, la piedra blanca y muda,
la imagen esculpida de la madre del Buda,
la Sala del Estudio, el andar presuroso
de los monjes descalzos, el jacinto oloroso,
los torrentes de lluvia por canales de piedra,
los puentes de madera recubiertos de hiedra,
la Sala de los Rezos, el silencio acordado,
las tablillas de votos en el templo dorado,
la puerta corredera, el balcón sin cerrar,
el olor a salitre de la brisa del mar,
el cementerio humilde, sin lápidas ni cruces,
el lejano y confuso parpadeo de luces
que en la distancia anuncian la noche que se acerca,
las carpas de colores que nadan en la alberca,
mujeres japonesas, bellas y silenciosas
que bajan hacia el valle por senderos de losas
conservando en el fondo de sus ojos rasgados
la imagen misteriosa de los templos sagrados;
mientras, la noche llega y extiende su negrura
sobre el paisaje verde y el mar de Kamakura.

martes, 13 de septiembre de 2011

Ausencia.

                                      


Queridos amigos y amigas, compañeros en nuestro viaje poético y literario: a partir de hoy y durante un tiempo indeterminado, voy a estar ausente de este blog. Si alguno de vosotros tiene interés en ponerse en contacto conmigo, podéis hacerlo a través de "trigolaris@hotmail.com"  Un saludo cariñoso a todos vosotros. Fernando Jiménez-Ontiveros Solís.

miércoles, 24 de agosto de 2011

El abrazo.


El abrazo.


Qué delicia mantenerte abrazada
alejados del ruido y de la gente,
yo mirándote a los ojos plenamente,
tú dejándote amar sin decir nada.

Cuando te veo así de enamorada
qué antojo me ha impulsado de repente
a besarte con ternura en tu frente,
y expresarte, de forma emocionada,

que a pesar de los años transcurridos
mi pasión hacia ti sigue constante
y estamos cada día más unidos.

y, lo más importante, tu presencia
me hace vivir tu amor en  cada  instante,
sigues siendo la razón de mi existencia.


lunes, 8 de agosto de 2011

Muerte en la trinchera.





Muerte en la trinchera.

¿Soldado, de qué vaso bebiste
el barro de tu trinchera,
dónde dejaste tus alas,
alondra de fantasía?


Dime…allá en el fondo,
¿limpiaste el lodo que cubre tus alas
o seguirás volando un instante
y elevarás tu vaso
para brindar por tus amigos,
ahora que sí están contigo,
en el barro ¡ay¡ de tu defensa de muerte?


¿Fuiste capaz de beber tu vaso
gota a gota
o brindasteis juntos
soñando, idealizando, uniendo
la muerte y la victoria,
vosotros, perdedores absolutos,
sin medios para escapar del terror,
sin alas, sin luz, sin esperanza.,
sumidos en el barro sucio
de un exasperante agujero sin salida.?.


¿Dónde quedaron los himnos y banderas,
las voces, las canciones, las arengas?


El silencio llegó por delante
de un rumor lejano de salvas artilleras,
nubes de plomo barridas por un viento
de odios, y enfrentamientos lejanos
que llegaron puntuales,
interpretando una sinfonía completa
de estruendo y de dolor.


El beso de amor de despedida,
que dejó impregnados de amor tus labios,
ahora esculpidos por el barro,
quedó prendido en la alambrada,
sin tú poder recuperarlo,
en tu imprevista,letal, caída en la trinchera.



sábado, 6 de agosto de 2011

Amor en un instante.

Amor en un instante. 


Descubrí nuestro mejor amor en el instante
de recibir mis ojos sin dueño tu mirada,
llegó sin hacer ruido, me invadió delirante
una fuerza agresiva, inquieta, apasionada.

Mi indolente mirada se volvió lacerante,
recorriendo tu frente, tus pómulos, tus sienes, Añadir imagen
recibiendo incrédula la luz de tu semblante,
nacida en esos ojos tan profundos que tienes.

Besé con valentía tu boca, anhelante
de la caricia leve de mis besos ardientes,
y me entregué del todo a la desafiante
y generosa ofrenda de tus labios silentes.

El tiempo de nuestro amor fue así de terminante,
porque no fue una etapa continua de la vida,
nuestro amor se produjo sólo en un instante,
cuando tú y yo cruzamos la línea de partida.


miércoles, 13 de julio de 2011

Pánico al pensamiento mediocre.






Pánico al  pensamiento mediocre.


No sé por qué pero le tengo miedo,
esté lejos o cerca, me amedrento,
no soy capaz de verle y le presiento
tan inmediato en mí que ya no puedo

decidir si me voy o si me quedo,
si permanezco aquí o si me ausento,
porque se trata de ese pensamiento
que desarticular persigue con denuedo

las débiles ideas de mi mente,
sin poder defenderme de su fuerza
ni poder aumentar mi resistencia.

Pánico me da su impulso permanente,
que su mediocridad en mí se ejerza
y reafirmarse pueda en mi conciencia.



martes, 7 de junio de 2011

Sonetos del Pánico.


3 - Pánico a perder la memoria.



Hubo en mi infancia luchas y trincheras,
horas sin sueños, noches desveladas,
trágicas y violentas madrugadas,
y un país agrietado en sus fronteras.


He compartido tristezas verdaderas,
sobre mi frente escritas y guardadas,
jamás podré olvidar guerras pasadas
y nunca aceptaré las venideras.


Siento pánico a ver en el olvido
toda nuestra experiencia del pasado;
temor a que se olvide nuestra historia,


la de un pueblo dictado y sometido,
por la modernidad hoy relegado,
que siempre estará vivo en mi memoria.







domingo, 3 de abril de 2011

Un amanecer especial.


Un amanecer especial.

Esa noche tuvo Gabriel un único pensamiento, ver el amanecer del día siguiente. Quería ver cómo se asomaba el sol sobre las cumbres del Guadarrama, espiar los movimientos de la vida emergente en ese campo que tanto amaba, contemplar el despertar de las flores, los primeros vuelos de las aves, respirar los primeros aromas de la madrugada, abrir los ojos a las luces del alba y sumergirse en la vida que se iniciaba en derredor. Se levantó, por tanto, cuando la noche declinaba, la luna intentaba escabullirse ante los primeros rayos del sol y los grillos entonaban sus últimos cantos. Era tal el silencio que oía crujir las vigas de madera de su techo, que trataban de dilatarse un poco para huir del frío de la noche.

Encendió la luz de la mesa camilla de su dormitorio, enrolló una bufanda alrededor de su cuello, abrió su carpeta de hojas blancas y, de frente a su balcón, mirando unas veces hacia el cielo aún estrellado y otras hacia la carpeta, comenzó a meditar en medio de ese absoluto silencio. De vez en cuando, escribía a lápiz unas cuantas líneas. Su intención era recordar por escrito algunos momentos de su vida en esa maravillosa tierra del Guadarrama y anotar aquellas de sus ideas y poesías que se ajustaran a sus recuerdos. Porque realmente, pensó, vine a este pueblo “a compartir mi pluma, mis ideas y toda la poesía que pude recoger en la palma de mi mano” y ahora debo terminar mi estancia en él porque ”mirando al mar abierto de mi vida, descubro que mi barco ya ha pasado”.
En la noche seguía reinando la oscuridad. Sólo destacaba la luz del lucero, ese blanco lucero que avistaba todas las madrugadas cuando intentaba descubrir desde su balcón las luces lejanas de los pueblos del Guadarrama. En una de sus poesías Gabriel le había preguntado al lucero: ¿Es ésta la noche de los poetas, la siempre cantada, noche clara y misteriosa, cómplice de amores eternos a la luz de la luna? ¿Es esta la noche de las rondas, de las juergas tabernarias, de los desafíos, de los amantes nocturnos? e intuyó que el lucero contestaba: “No, Gabriel, ésta es la noche de la despedida, del desasimiento, de la profunda tristeza”.
Entonces recordó otro de sus poemas: “amo a la noche de las caricias y de los susurros, de las meditaciones, de la lectura a media luz y las confidencias en voz baja, amo contar historias a los niños cerca de la lumbre del hogar, mirar la luna a través de las ventanas, contar sílabas rememorando sensaciones y soñar con la llegada de un nuevo día de luz y de esperanza”.
Esta noche estaba realmente triste y deseaba que amaneciera.
En el campo, entretanto, la vida comenzaba entonces a despertar. Los pájaros empezaron a moverse para ocupar posiciones en las ramas de los árboles, dando pequeños aleteos para vigorizarse antes de volar. Disminuyó el canto de los grillos y algunos insectos iniciaron su efímera vida. El sol, asomando con fuerza sobre las cumbres de La Pedriza, sembraba gradualmente de colores el campo. Gabriel había escrito hacía algún tiempo un poema, pidiendo ”que empapen mis pulmones los olores del bosque, que musgos y tomillares aniden en las piedras y solares y presten su humedad a los alcores”.
Pero la tristeza que sentía ahora no tenía comparación como la que tuvo al conocer en su infancia la enfermedad de Quico, el niño azul, el hermano de su amigo Santos y las lágrimas de su madre, desconsolada, mirando al cielo.
Ahora, con el lápiz en la mano sólo pudo escribir este poema:“Cuando escribo me olvido de la categoría y busco casi siempre lo sencillo y humano, no siempre lo consigo, e intento la armonía entre lo que persigo y lo que viene a trasmano, huyendo a ser posible de la sensiblería”, pero “añoro de mi infancia, con gran melancolía, el canto de los grillos, las noches del verano, el olor de los campos al despuntar el día y el rumor de las fuentes que abre el hortelano para regar la tierra que abrasa la sequía”.
Y es que recordaba su infancia como una edad maravillosa, la edad del descubrimiento de los nidos, de la captura de conejos, de la persecución de lagartos y lagartijas, de los saltos sobre los montones de paja en la época de las eras, del baño en los charcos y regatos, de la búsqueda de los huevos de las gallinas y el refugio con sus amigos en los escondites infantiles ideados entre matorrales, robles y encinas.
¿Cómo podría olvidar aquella historia del murciélago en la casa de Dios? Pensó en lo que le dijo una vez Alberti a Vicente Aleixandre: ¿de dónde vienes tú, desde qué fondo de los años me llegas…? Siempre recordaría la enorme nariz de Eugenio, el sacristán, la pandilla de chiquillos vestidos de monagos llevando el copón al párroco Don Julián, el reposo silencioso del murciélago debajo del coro y el momento de encender los focos para ver el retablo, teniendo presentes los versos humanos de César Vallejo: ¿de qué deslumbramiento áfono, tinto, se ejecuta el cantar de los cantares?

La luz del día dominaba con su claridad todo el espacio y Gabriel, abandonando esos buenos recuerdos, se asomó al balcón para volver a mirar el paisaje que tanto amaba. Respiró hondo y llenó sus pulmones de aire fresco. Los arbustos de jara, florecidos y olorosos, se extendían a su alrededor. A lo lejos, entre los jarales, emergían grupos de pinos altos y de copa redonda. La vegetación cubría todo el espacio hasta la línea de horizonte que dibujaban los montes del Guadarrama. Unos tordos volaron en la altura en dirección noroeste. Después de unos instantes regresó a su mesa camilla.

¿Y cómo olvidar la historia de la cruz de Miguelito, el hijo pequeñito de Dios? El señor Ramírez había regalado una cruz de plata sobre una base de mármol blanco y alguien la robó de la iglesia del pueblo. Nadie sabe que, pasados unos meses, Miguelito bajó al río, muy cerca de La Rinconera, para escudriñar los sitios donde se criaban los sapos. No estuvo muy seguro y por eso no se lo contó a nadie, pero muy en el fondo del río, y tapado por unas hierbas espesas, creyó ver un, casi imperceptible, reflejo blanco y plateado. Gabriel recordó aquel río truchero al que fueron a pescar juntos Miguelito y él. Su agua descendía por el río sin turbulencia pero con mucha rapidez, sin verse el fondo de esa masa incolora, quizás un poco oscura, que le hizo recordar la poesía de Juan Ramón Jiménez:”No se ve el agua, pero en su presencia oscura, se baña la desnudez eterna para la que el hombre es ciego”.

El tiempo fue pasando demasiado deprisa al evocar estos recuerdos y Gabriel los escribía con ansia, como si fuera absolutamente imprescindible dejar ese testimonio personal en las cuartillas blancas de su carpeta. Pensaba ir a desayunar al bar del señor Emilio una vez terminado ese trabajo que se había impuesto. Se quitó la bufanda, que ya no le era necesaria por haber subido la temperatura y estiró sus brazos, descansando por unos momentos de escribir.

Recordó aquellos versos que escribió un día después de una introspección personal: “amo la soledad mas acepto lo cercano, el silencio me llena más que la algarabía, me avergüenza mucho hablar cuando yo soy profano, ansío la libertad, valoro la teoría y a todo el que me habla le considero hermano”. La palabra hermano le llevó a recordar a los amigos perdidos en el tiempo o en el espacio.

¿Cómo olvidar a Luis, un hombre de gran formación y espíritu abierto, vecino del pueblo, fallecido en Saint Gallen al poco tiempo de empezar una nueva vida en Suiza? ¿Por qué fue su destino tan cruel? ¿Por qué no pudo estar con él en esos momentos terribles y estrechar su mano con fuerza para reincorporarle a la vida?

La guerra perdida con Claudio fue también una experiencia dolorosa y triste. Al menos, sin embargo, pudo estar con él, entregarle su amistad y distraerle en aquellos momentos tan difíciles y dolorosos. Recordó a Claudio narrando su peregrinación a los médicos de Madrid, sus esperanzas, sus recaídas, la toma de medicamentos, su soledad en este pasaje de su vida y la confesión de que se sentía derrotado por un enemigo invencible.

“Esta guerra la voy a perder, Gabriel. Mi espíritu puede poco contra el designio de los dioses. Te pido que me ayudes a luchar contra esta angustia que me invade. No es miedo, acepto lo inevitable, pero necesito alguien que me eche una mano en esta soledad en que me encuentro”. Recordó cómo tendió su mano y le apretó fuertemente su antebrazo. Al perder Claudio su guerra aquel atardecer del otoño, desapareció de repente, como dijo el poeta José Angel Valente, “la súbita concentración de luz visible de las tardes de otoño”.

Muy gratificante fue sin embargo su amistad con el señor Raimundo. Antes de llegar a su casa, Gabriel había ya perdido cualquier referencia con el pueblo, sumergido entre jaras y matorrales, empapándose en esos aromas de lándano y de tomillo que tanto le embriagaban, siempre mirando al Guadarrama, recordando aquello que dijo José Hierro en su poema : “Qué sosiego volver, hablarte, abrazarte con mis miradas”. A partir de su conversación con el señor Raimundo alrededor de su chimenea, Gabriel quedó muy tranquilo al pensar en lo futuro, en lo inaccesible. Nunca lo olvidaría, el señor Raimundo no iría nunca al infierno. Esto le resolvió muchos problemas, recordando en esos momentos a Gabriela Mistral “sin saber tú que vas yéndote, sin saber yo que te sigo, y seguimos, y seguimos, ni dormidos ni despiertos”.

La conversación con Santos en la “cena de los hombres” fue asimismo muy gratificante. Gabriel pensó que había sido oportuna y había finalmente contribuido a transformar el primer beso de Ana y Santos en una feliz unión matrimonial. Durante la cena, allí arriba estaban, permanentes, las estrellas. La luna había dejado de estar de perfil y miraba más de frente, más blanca, más cercana, como queriendo integrarse en la fiesta y participar con su luz en la cena de los hombres del pueblo.

Cuando la amistad entre las personas es auténtica, puede haber un intercambio de pensamientos entre dos amigos que ayuden a esclarecer los planes futuros individuales, como ocurrió entre Gabriel y Andrés en sus charlas de la fisura, contemplando la lluvia a cubierto mientras comían sus bocadillos de jamón y sorbían su café caliente. Y miraban los campos y quebradas recordando el poema Octubre” de Luis García Montero:”a veces mar abierta, pero a veces niebla y distancia”.

Quizás el encuentro con Ernesto en “Los robledos” al pie del monumento al guarda forestal fue el más reflexivo y hondo de los habidos en sus excursiones por el Guadarrama. Las referencias a las teorías de Teilhard de Chardin, sobre la “unificación” o “la unión” le habían hecho recordar a Luis Cernuda en su poema “las ruinas”: “todo lo que es hermoso tiene su instante, y pasa. Importa como eterno gozar de nuestro instante”.

El encuentro con Tomás Enciso y su guiñol de títeres le había emocionado, al tratarse de conectar con personas que trabajaban en la vida con seriedad y vocación. Por eso, al pensar en ello siempre recordaría que yendo hacia el ayuntamiento para preparar la organización del guiñol, el cielo estaba muy azul y Gabriel, al mirarlo, pensó en esos versos de Rafael Alberti; “El cielo es todavía muy azul, tan azuladamente azul que, a veces, me hace llorar y entonces - cosas de viejo -pienso que mis lágrimas son también azules”.

Muy emocionante y espiritual fue su encuentro con Gabino Sánchez en la iglesia del párroco Don Julián, donde descubrió que se puede hablar con Dios fumando, por muy escondido que se esté en los últimos bancos y la soledad en que vive de un hombre viudo, aferrado a su tierra y con entrega al Dios en que cree. Inolvidables aquellos versos de Elvira Daudet que le hizo recordar la sorpresa de Gabino cuando se interesó por él: “inesperadamente existo, alguien me piensa más allá de las pálidas fronteras de los años quemados”.

¿Y como olvidar a Don Ricardo, ese entregado médico de familia, auténtico médico de pueblo, capaz de sobrellevar fracturas y dolores y entregarse personalmente para cuidar de sus enfermos?

Los recuerdos afluían a su mente en torbellinos y la punta de su lápiz se desgastaba en las hojas blancas que había situado encima de su mesa. Gabriel dejó de escribir, se asomó de nuevo al balcón y llenó sus pulmones de aire fresco. Recogió los papeles, se aseó lentamente, meditando en las ideas y emociones que había recordado durante esas horas y se dirigió al bar del señor Emilio para desayunar.

Después de saludarle, tomó como desayuno un café y dos grandes rebanadas de pan tostado con aceite de oliva virgen y miel. Le encantaba ese pan de pueblo, con un sabor especial a masa de trigo tostada y el señor Emilio conocía el punto exacto de tueste que convertía el desayuno en un festín de aromas y sabores.

Después, durante bastante tiempo, estuvo ordenando sus hojas blancas y escribiendo algunas líneas en una de ellas. Finalmente, después de pagar su desayuno se dirigió a la cocina y abrazó a Elisa con un cariñoso abrazo. Al salir, se despidió del señor Emilio y salió lentamente a la calle.

El señor Emilio se dirigió a la mesa donde había estado desayunando y observó que había olvidado encima de la mesa, doblada, una hoja. La recogió y, desdoblándola, leyó en ella: “Amigos del Guadarrama, esta es mi tierra, tan pegada a mí por el viento y el agua, que se ha convertido en mi propio barro, del color de mi propia carne. Si tengo ocasión, enterraré en ella mi corazón y lo repartiré para que se disuelva en pedazos, unos en esta mi tierra, otros en mi historia, el resto diseminados en la vida de los demás”.

Afuera, en la calle, el sol incitaba a vivir, el cielo azul a soñar y la algarabía de los pájaros sonaba como una música lejana. Gabriel decidió descansar de una noche tan especial y encaminó sus pasos hacia el campo, su campo del Guadarrama, entregándose a una meditación profunda que le explicase las razones del esplendor de su tierra.


viernes, 1 de abril de 2011

Esplendor de la tierra del Guadarrama.


Esplendor de la tierra del Guadarrama.


La tierra del Guadarrama ha estado siempre en auge tanto ella como sus habitantes y fue en todo momento esplendorosa, desde las altas cumbres de sus montañas hasta los regatos más humildes de sus tierras bajas. Siempre ha tenido una gran categoría y una luz especial, unas veces durante las madrugadas, otras bajo el brillo de la luna y las estrellas, tumbada bajo el sol, soliviantada por las ráfagas violentas de tornados y huracanes, bajo la lluvia, bajo la nieve o sometida a un clima abrasador. Pensaba Gabriel que todo pudiera ser una ensoñación, un arrebato de amor y que quizás tenía razón Abigrael cuando decía que “existen en el cielo cuatro ángeles superlumínicos mayores que se ocupan de la vida humana sobre la Tierra” y que ellos hubieran elegido entonces a los habitantes de estos pueblos tan modestos y amados. Pudiera ser también que los Querubines, ángeles custodios de la luz y de las estrellas, hubiesen decidido iluminar especialmente a la tierra del Guadarrama o que los ángeles responsables de la organización armoniosa del universo habitado hubiesen favorecido a esta tierra. Pero lo cierto es que Gabriel, mirando en torno suyo, siempre veía a su tierra brillante, resplandeciente, impresionante por su belleza y por su grandeza. Nunca se sentía solo cuando caminaba por sus campos. Estaba rodeado de las almas de los poetas, de sus antepasados, de los hombres y mujeres que lucharon por su tierra. Miraba hacia las montañas y veía el transitar de los viejos espíritus, surcando las nieves, fragmentando rocas, desviando tormentas, abriendo el paso a las nuevas generaciones que se acercaban. Juan Ramón Jiménez, en profunda depresión, se refugió el año mil novecientos tres en Guadarrama, en la casa del doctor Simarro. Allí escribió su libro “Pastorales” con poemas basados en aires populares, aunque lo esencial era el “yo lírico” del poeta. Juan Ramón vino a esta tierra, según la opinión de Gabriel, no sólo buscando la solución de la depresión nacida a raíz de la muerte de su padre, sino por anhelo de eternidad, para sentir la presencia de Dios, no como sentimiento religioso, sino como cúspide de la creación artística ¿Cómo no iba a elegir esta tierra esplendorosa, este mundo que transpira espiritualidad al borde de sus bellísimas montañas? Puede ser que alguna noche divisase en una cumbre de esas montañas a la luna creciendo como una planta, como le sugirió a Gabriel un verso del poeta Carlos Oquendo de Amat, o le trasportase a sus entrañas, como recordaba Antonio Machado en su “Poema eres tú, Guadarrama” o viese una luz vehemente y oscura, de tormenta sobre sus cumbres, como apuntó Leopoldo Panero en su poema “Por donde van las águilas” y buscara evadirse en silencio hacia las alturas con su exquisita alma lírica. El hecho es que esta tierra, la tierra esplendorosa en la que habitaba Gabriel, le transportaba también a él por sendas líricas, hasta lograr penetrar en una profunda espiritualidad. Caminar por sus campos, atravesar sus quebradas, escalar sus cumbres, le hablaban a Gabriel de buscar la esencia del “ser supremamente uno” y sentía su carne desolada “transformarse en amor” en una plena entrega a sus gentes, a su historia, a su realidad actual y a su futuro. Gabriel siempre estuvo de acuerdo con Rafael Alberti cuando éste escribió “en la paleta de Velázquez tengo otro nombre, me llamo Guadarrama” Bastaba con dejarse llevar por la belleza de su colorido y pasear por sus campos recordando aquello que dijo José Hierro en un poema: “Qué sosiego volver, hablarte, abrazarte con mis miradas” El amor a la tierra se parece al amor a una mujer. Da vida y sentido a la vida. La tierra nos da fuerza y nos abraza, sin desmayo, siempre protectora, alimentándonos, haciéndonos sentir inmortales. Todos hemos nacido de ella y volveremos a ella, para integrarnos de nuevo, para fundirnos en su sustancia. Y allí estaremos todos, hermanados, unidos a su destino para siempre. El amor de una mujer nos dimensiona, nos fortalece, nos anega como un mar distinto que penetra en nuestra sangre y nos da vida, con una fuerza imparable que transforma nuestra realidad y nos hace volvernos soñadores, decididos, valientes. Cuando Gabriel contemplaba el Guadarrama pensaba ”la tierra de la que vengo es dura, pero fértil, tiene brazos y muslos de agua cuando llueve, si la piso me duelen las entrañas y no duermo hasta hacerme perdonar” Cuando Gabriel meditaba en el amor a una mujer pensaba ”la suma de nuestras esencias constituirá el amor eterno que siempre soñamos, no la absorción, sino la mutua dilución, tú en mí, yo en ti, uniendo nuestras esencias en un todo irreversible y eterno” Siempre lo mismo, mutua dilución de las esencias con la tierra y con la mujer. Los mejores poetas siempre han amado la tierra del Guadarrama. Vicente Aleixandre, en lo alto de la Senda de los poetas, en Cercedilla dice “Desde esta cima solitaria os miro, campos que nunca volveréis por mis ojos, piedra de sol inmensa, eterno mundo, y el ruiseñor tan débil que en el borde lo hechiza” José García Nieto escribió “afila Siete Picos en la sombra su aguda dentellada” y Luis Rosales “las noches de Cercedilla las llevo en mi soledad y son la última linde que yo quisiera mirar” Las rocas del Guadarrama son únicas, irrepetibles. Quizás pensase alguna vez en ellas Pablo Neruda cuando escribió estos versos: “de endurecer la tierra se encargaron las piedras: pronto tuvieron alas: las piedras que volaron, las que sobrevivieron subieron el relámpago, dieron un grito en la noche, un signo de agua, una espada violeta, un meteoro” El mismo Gabriel, mirando hacia le montaña escribió: “Cuando se oculte el sol y acabe el día, mi espalda sobre ti, mirando al cielo, yo quiero verme allí, montaña mía, fundido entre las rocas de tu suelo” Pero la tierra del Guadarrama no sólo es montaña, son los prados, bosques, solares, ríos y praderas. Escribió un día Gabriel, mirando a su tierra: “mirar cómo el vuelo de los tordos rompe la soledad, trabajan las hormigas por el suelo, silba la culebra, vuela el moscardón negro y verde, se ocultan las rocas bajo las matas, medio enterradas bajo las jaras y el sol hace la tarde naranja y oro” La vida humana en la tierra del Guadarrama se condensa en sus pueblos, de casas de piedra, de hogares con chimenea, de calles amigables y acogedoras. Muchas veces recordaba Gabriel sentado en su mesa favorita del bar del señor Emilio aquellos versos del poema “Elegir mi paisaje” de Mario Benedetti: “Ah si pudiera elegir mi paisaje, elegiría, robaría esta calle, esta tarde recién atardecida en la que encarnizadamente revivo y de la que sé con estricta nostalgia el número y el nombre de sus setenta árboles” Cuántas veces, desde el privilegiado ventanal del bar del señor Emilio había contemplado Gabriel sus árboles, unas veces frondosos, llenos de vida, habitados por pájaros alborotadores, otras veces fríos, similares al mármol, descritos tan bien por Juan Ramón Jiménez: “como los mismos dioses, sin morir, os cambiáis, en pie, de árboles en mármoles” La tierra del Guadarrama es, en sí, pensaba Gabriel, esplendorosa. En sus bosques se mezclan olores diversos emanados por los diferentes árboles que conviven en él, acebos, arces, abedules, castaños, rebollos, tejos, pero también se amalgaman los diferentes olores de los helechos, enebros, retamas e incluso, en ciertas alturas, del piorno serrano. A todos estos olores se unen el de las zonas húmedas, el básico olor de las resinas y el de la hierba de los pastizales ocasionales que lo bordean. En sus llanuras y campos bajos se extiende el bosque verde y negro de los encinares y proliferan los arbustos de jaras, muy olorosos, que cuando florecen se cuajan de hojas blancas y se mueven y ondean movidos por el viento, capitaneando los colores del mundo vegetal que les rodea, como el amarillo de los talaprados en plena floración, el verde de la hierbabuena, de la menta y del tomillo y el morado de la lavanda y el espliego. Gabriel hubiera deseado ser un poeta para cantar a esta tierra esplendorosa, aunque tuviese que parar en mitad de un verso, como escribió Gerardo Diego: “murió en mitad de un verso, cantándole, floreciéndole, y quedó el verso abierto, disponible para la eternidad, mecido por la brisa, la brisa que jamás concluye, verso sin terminar, poeta eterno” Si Gabriel hubiese sido encarnado en un águila, una paloma, un mirlo o un sencillo tordo, hubiese querido sobrevolar las iglesias de los pueblos del Guadarrama. Iglesias de piedra, construidas sobre grandes moles de granito, toscos portales cerrados con grandes puertas de madera de roble, altos campanarios con campanas en alerta de los paisanos, donde las cigüeñas crotoran cuando vuelven a visitar sus espacios amados, los vencejos y golondrinas vuelan silenciosos en las madrugadas y los murciélagos se afanan en la penumbra para alimentarse de insectos con sus sorprendentes vuelos y veloces piruetas. Hubiese asimismo querido admirar desde lo alto los perfectos bloques pétreos del Acueducto de Segovia, sus iglesias románicas, las casonas fabricadas con piedras de musgo, las incomparables calzadas romanas, los castillos medievales y los altos muros de piedra de las fortalezas militares. Una sinfonía granítica sobre una tierra elegida por los dioses. Desde las altas montañas y las quebradas graníticas, a través de grietas y fisuras, desciende el agua nacida de su seno o de la nieve, formando arroyos y ríos de un agua limpia y un descender vertiginoso, hasta que acaban tranquilizándose al final de su recorrido, como decía aquella poesía de Gerardo Diego en su “Romance del Huécar”: “nunca vi un río tan íntimo, nunca oí un son tan de seda, en el resbalar de un ángel” Según el Calendario de Ussher, Arzobispo anglicano del Condado de Armag, en la actual Irlanda del Norte, Yahvéh creó la Tierra el domingo veintiséis de octubre del año 4004, antes de la era vulgar, al mediodía. La tierra del Guadarrama nació para Gabriel una madrugada: “Era una noche clara, luz de luna creciente, el Guadarrama hacía las veces de frontera de los primeros rayos del sol de primavera y el canto de los mirlos se anunciaba inminente” Desde ese momento amó a su tierra y ese amor fue creciendo con el tiempo segundo a segundo, mes a mes, año por año. Gabriel se dejó seducir, en cierto momento, por la meditación poética y mística de T.S.Eliot sobre la naturaleza del tiempo al leer estos maravillosos versos: “Tiempo presente y tiempo pasado se hallan quizás presentes en el tiempo futuro y el tiempo futuro dentro del tiempo pasado. Si todo el tiempo es eternamente presente, todo el tiempo es irredimible. Lo que pudo haber sido es mera abstracción, quedando como eterna posibilidad solamente en el mundo de la especulación. Lo que pudo haber sido y lo que fue apuntan a un solo fin, que está siempre presente” También como él sentía Gabriel una inmensa atracción por la belleza, que se identificaba por su admiración por la tierra del Guadarrama y que podría condensarse en su elogio hacia ella: “luz de mi juventud incandescente, hálito de eterna paz en mi inconsciente, reflejo de mi yo, pan de mi ayuno” Una vez, tomando un café en el bar del señor Emilio, le preguntó éste: Gabriel ¿por qué quieres tanto a tu tierra? Y Gabriel no pudo contestarle, movió la cucharilla del café para deshacer un terrón de azúcar y le miró, silencioso, con una sonrisa. ¿Cómo explicarle al señor Emilio lo que sentía, si él mismo no podría compendiar sus sentimientos? El estaría siempre inmerso en su tierra y “entre los otros, entre ellos” como pensaba Vicente Aleixandre.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Don Ricardo y la Mobylette.



Don Ricardo y la Mobylette.

Ricardo Domínguez quiso ser médico desde muy niño. Su duda principal al alcanzar la edad universitaria fue la elección de carrera entre veterinaria y medicina. Siempre le había atraído el cuidado de los animales. El hecho de vivir en un pueblo pequeño del Guadarrama le había proporcionado un contacto directo con ellos y había aprendido mucho cuidando el ganado de sus padres que, aunque de economía muy reducida, supieron siempre mantener el cuidado y conservación de su pequeño rebaño de ovejas y de los pocos animales que les ayudaban a sobrevivir, una vaca, gallinas, patos y un cerdo blanco belga de raza Landrace, enorme, cuya matanza les surtía normalmente de proteínas durante todo un año. El padre era un modesto empleado en el servicio de limpieza del ayuntamiento y era principalmente su madre quien se encargaba de cuidar a los animales. El hecho de ser un niño muy estudioso, quizás el más inteligente de sus tres hermanos, indujo a los padres la idea de comentar con el maestro de la escuela del pueblo la conveniencia de que Ricardo estudiase una carrera universitaria.

Las buenas notas sacadas obtenidas y la recomendación escrita del maestro, lograron que Ricardo obtuviese una beca del gobierno para acabar el bachillerato y estudiar la carrera elegida por él, que finalmente fue la de medicina.

Ricardo logró unas calificaciones excelentes en su carrera y hubiera podido ingresar en un hospital del estado o en alguna clínica importante de la ciudad, pero él se consideraba un hombre de pueblo, adoraba su tierra del Guadarrama, y decidió volver a sus raíces, para trabajar como médico en su pueblo, aprovechando que esa plaza había quedado vacante. Allí cuidaría de sus padres y hermanos. Decidió que su misión consistiría en cuidar de sus vecinos como médico de pueblo, siguiendo el principio hipocrático de “curar y aliviar cuando es posible, consolar siempre”

Con ese espíritu regresó al pueblo, con el título de doctor recién obtenido y se reunió con familiares y amigos para hacerles partícipes de su decisión, que fue recibida con gran alegría por todos ellos.

Pero claro, había que pensar en cómo ganarse la vida y hacer frente a los gastos de un primer establecimiento. Es verdad que el anterior médico, Don José Salvanés, al dejar vacante su puesto, le cedió sus igualas que podrían permitirle comenzar a trabajar, pero que eran ciertamente mínimas.

Ricardo inició su actividad en todo caso desde la casa de sus padres, siendo muy bien recibido en general. Poco a poco fue formalizando su situación. Todo el mundo comenzó a llamarle Don Ricardo, y al cabo de unos pocos años iba a convertirse en un excelente médico de familia, siendo muy querido por sus convecinos. Logró establecer una modesta consulta en un local muy cercano a la casa de sus padres y de la farmacia, donde tenía los elementos necesarios para trabajar en diagnósticos y curas de poca importancia.

Durante sus largos años de estudio en la facultad de medicina, Ricardo había tenido la oportunidad de leer mucho, no sólo libros de su profesión, sino de historia y literatura. Profundizó en el conocimiento del inglés, ya que muchos textos estaban impresos en ese idioma y leía con soltura muchas novelas y textos literarios, sobre todo de poesía, a la que era adicto.

Fue formando una pequeña biblioteca no sólo de libros técnicos de su carrera, necesarios para estar actualizado, sino libros de arte, de historia, de literatura.

Una noche, leyendo en su dormitorio el libro de poemas “Leaves of grass” del norteamericano Walt Whitman descubrió algo que representaba lo que él deseaba: trabajar solo, sin instituciones. No estaba ni a favor ni en contra de ellas, pero pensaba como este poeta: “Only I will establish, without edifices or rules or trastees or any argument, the institution of the dear love of cofrades” “Solo quiero establecer, sin edificios ni reglas ni directivos ni discusión alguna, la institución del caro amor de camaradas”

Quizás fuese una idea demasiado empírica, pero Ricardo deseaba que su viaje vital fuera así de día y de noche.

Gabriel coincidió un día con él en el bar del señor Emilio. Había ido a saludar a Elisa y de paso comer ese magnífico cocido que elaboraba en su pequeña cocina, famoso en toda la comarca.

- Don Ricardo – dijo Gabriel – tenía muchas ganas de saludarle. Es cierto que nunca recurro a usted, pero es mi buena salud la culpable. Espero siempre contar con su ayuda en caso necesario.

- No te preocupes, Gabriel, tú eres muy joven. Si alguna vez me necesitas siempre estaré aquí para ayudarte.

- ¿Me permite invitarle a comer, Don Ricardo?

- Con mucho gusto, Gabriel. Sé que eres un gran experto en literatura y será interesante que charlemos durante la comida. A veces echo de menos el ambiente universitario.

El señor Emilio les sirvió una excelente sopa y, a continuación, el nunca mejor ponderado cocido de Elisa. Durante la comida, conversaron sobre muchos e interesantes temas, pero sobre todo naturalmente de la profesión médica. Don Ricardo ponía mucho énfasis en la relación personal médico –enfermo. Era consciente de la importancia de los equipos médicos que se estaban formando en esos momentos y de los métodos que utilizaban, pero su opinión personal era que el médico no puede limitarse a la aplicación rigurosa de un método.

- El médico debe ser capaz de decidir la actitud que debe seguir sin dejarse apabullar por la multitud de datos recogidos, que son muchas veces incongruentes y otras incluso contradictorios. Hay ocasiones en las que probablemente lo mejor es no hacer nada.

- Pero si no hace nada, no cura – objetó Gabriel.

- Mira Gabriel, no puede definirse al médico como aquel que cura. Es indudable que existen muchas enfermedades que un médico es incapaz de curar. La misión del médico es el cuidado de los que sufren, hacer un buen diagnóstico y decidir las formas posibles del tratamiento.

- ¿Por qué decidió usted dedicarse a la medicina de familia? ¿Cree usted que el conocimiento personal ayuda al diagnóstico?

- Ciertamente. Hay que saber aproximarse al enfermo siendo consciente de que es un ser humano, temeroso y a la vez esperanzado. Es muy importante que el enfermo perciba en el médico un profundo interés por él, hasta el punto de anteponer muchas veces los intereses del enfermo a los suyos propios. Así se conoce a un verdadero médico.

- ¿La relación personal con el enfermo de un médico de familia, o dicho de otro modo, de un médico de pueblo como usted, puede ser entonces muy beneficiosa, Don Ricardo?

- Sí Gabriel, es importante que el paciente vea garantizada la continuidad y la unidad de la asistencia. Además, los antecedentes personales y familiares pueden ser de importancia decisiva para la interpretación de los datos que se recojan.

Gabriel esta sintiéndose muy a gusto con esta conversación. Fue preguntando y repreguntando a Don Ricardo, que se mostró muy complacido por su interés. Le habló de la importancia de la exploración física del enfermo, del acceso a las altas tecnologías en caso necesario, sin por ello romper la relación biunívoca entre médico y enfermo.

- La exploración física es muy importante. El enfermo cuenta siempre sus sensaciones personales. Esto es siempre una versión subjetiva de sus problemas, muy a tener en cuenta, pero a veces la exploración física logra hallazgos muy importantes. Por poner un fácil ejemplo, en el caso de un abdomen agudo puede detectarse su importancia por la presencia de un vientre en tabla.

Terminaron la comida siendo excelentes amigos y decidieron tomarse de vez en cuando un café en el bar del señor Emilio.

Gabriel le vio partir con cierta pena. Le pareció un hombre con una fuerte personalidad y unos principios muy sólidos. En cierto modo, admiró su decisión de haber elegido ser médico de pueblo y venir solo a luchar con los elementos. Recordó la “Balada del viejo marinero” en la que Samuel Taylor decía:” Solo, solo, completa y absolutamente solo; solo sobre un mar más que infinito” Esa era, para Gabriel, la inmensa y querida tierra del Guadarrama.

Don Ricardo se alejó caminando por la acera de la calle principal. Seguramente iría después a visitar algún enfermo o saludar a algún antiguo paciente.” El viejo marinero, pensó Gabriel, navega por su mar”


La calle principal del pueblo tiene el encanto de la vida participativa, la fusión de comentarios, la diversidad de personalidades que forman un ambiente creativo. Todo el mundo se siente partícipe en la vida de la comunidad, huele al pan recién horneado, se respira el aroma de las flores de los balcones, se oye el revuelo de los pájaros en los árboles y el de las conversaciones quedas de la ancianas que sentadas en sus sillas de anea, van configurando la historia del pueblo. ¡Qué importante es el comercio en los pueblos! Es un hervidero de conocimientos y amistad entre sus habitantes, produce la unión entre mentalidades a veces tan distintas.

Mirando a las personas que transitaban por la calle y el rebullir de las mujeres comprando en las tiendas, recordó aquello que dijo Juan Ramón Jiménez de las nubes y las montañas en su poema “Nada igual”: ¡Qué loco estar en su sitio, qué hondo sentir lo que son, qué alto no necesitar nada igual, nada distinto!

Porque Don Ricardo era muy feliz trabajando como médico en este ambiente. Sin embargo, el problema permanente era el de sus escasos recursos económicos. Estaba obligado a visitar a cada vez más numerosas personas, y aunque el pueblo no era demasiado grande, se veía obligado a utilizar una bicicleta para visitar a determinados enfermos en casas alejadas y en ocasiones a varios kilómetros de distancia y muchas veces regresaba a su casa por la noche y bastante cansado. Nunca dejaba de visitar a sus enfermos, en ocasiones con mayor frecuencia de la necesaria, porque su objetivo era la cercanía con el enfermo y, a pesar del cansancio, no dejaba nunca de cumplir con su ideario.

Caminando por la acera en dirección a su consulta, paró en una pequeña tienda donde se vendían periódicos de la capital y alguna revista. Hojeó las revistas de automóviles y motocicletas. No tenía dinero, evidentemente, para comprarse un coche, pero llevaba tiempo rondando en su cabeza la idea de adquirir una motocicleta. Había días que regresaba muy cansado y le vendría bien alguna máquina útil para su transporte diario.

En una de las revistas leyó un artículo muy interesante sobre un nuevo tipo de bicicleta motorizada que acababa de ser anunciada en Francia. Se trataba de una Mobylette. Compró la revista y esa misma noche leería los detalles de esa máquina.

No tuvo paciencia, sin embargo, para esperar hasta la noche. Al llegar a la consulta, se dedicó a estudiar las características de la máquina. Quedó gratamente impresionado. Era justamente su ideal. Le gustaba el diseño, tenía el aspecto de una bicicleta normal, un poco más pesada, pero tenía suficiente motor para la utilización que él necesitaba. Disponía de horquilla telescópica y embrague automático, un trasportín trasero y un cestillo adosado al manillar. Por las noticias sobre esta máquina, el precio parecía ser asequible y podía comprarse en España sin ningún impedimento. Esa misma noche comentó el tema con la familia y todos le animaron a realizar su proyecto.

El estreno de la Mobylette fue todo un acontecimiento familiar. Era la primera vez que iban a disponer de un medio mecánico de transporte. Como el manejo era muy simple, todos estrenaron con jolgorio la Mobylette y dieron sus paseos. A los pocos días Don Ricardo visitaba a sus enfermos y su figura, montado en la Mobylette, formó parte de la vida habitual del pueblo.


Un día recibió un aviso para visitar a la señora María, que vivía en una casa un poco alejada del pueblo. El modelo de Mobylette que había comprado tenía un trasportín, donde colocó su maletín médico, en el que llevaba ciertos medicamentos y útiles para curas. Se puso la gorra y los guantes y partió hacia la casa de María.

Le encantaba circular por el campo ya motorizado. El ruido del motor era suave y le parecía una música de fondo que le acompañaba, produciéndole una sensación de poder y seguridad. Las cuestas ya no eran cuestas, el paisaje variaba con mayor velocidad que antes y los árboles parecían huir de él alejándose en la distancia. Miró hacia la sierra del Guadarrama, su sierra, su hogar, su vida.

De repente, la Mobylette tropezó con una gran piedra y cayó arrastrándose sobre el suelo hasta chocar contra un chaparro. Don Ricardo sintió un dolor en su brazo izquierdo y quedó como atontado al pie del árbol.

Durante un momento quedó aturdido por el golpe, pero al recuperarse después de unos instantes, valoró la situación. Haciendo una breve exploración descubrió que se le había producido una fractura traumática en el húmero izquierdo. No había sangre, sino dolor. Era por tanto una fractura cerrada. Comenzó a sentir cada vez más dolor. Pudo incorporarse de rodillas ante el trasportín y abrir su maletín. Bendijo mentalmente a los genios que había mejorado el sistema de inyectables. Ya no era necesario utilizar aquellos métodos rústicos de hervir las jeringuillas. Eligió un analgésico inyectable y se lo aplicó después de limpiar con alcohol el brazo.

Haciendo un esfuerzo mental, palpó su brazo izquierdo  e intuyendo el tipo de rotura, alineó los bordes de la fractura, soportando el dolor. Como era conveniente entablillar el brazo, necesitaba algún soporte para hacerlo. Descubrió con alegría que en el cestillo llevaba la revista técnica de la Mobylette, que había enseñado esa mañana a unos amigos. Enrolló la revista alrededor de su brazo y la circundó con unas gomas que extrajo del maletín, gomas que solía utilizar para rodear los brazos si fuera necesario extraer sangre para un posible análisis clínico de urgencia.

Realizadas estas operaciones, quedó exhausto apoyado en el tronco del chaparro. Le dolía todo el cuerpo, pero el dolor era soportable. Un breve descanso y la eficacia del analgésico le hicieron recuperarse antes de lo pensado. Ahora quedaba comprobar si la Mobylette funcionaba, porque si el motor hubiese sufrido daños, no podía pedalear en estos momentos y no tenía fuerzas ahora para mover una bicicleta tan pesada. Afortunadamente el modelo que había comprado era robusto y arrancó inmediatamente. Colocó como pudo el maletín, montó en su máquina y, sosteniendo el manillar con su mano derecha, partió otra vez en dirección a la casa de María. No podía renunciar a pesar de sus dolores a realizar esta visita, porque sabía que María estaba sola en esos momentos y necesitaba su atención médica. Conduciendo con su brazo derecho, despacio y poniendo mucha atención al camino llegó como pudo a la casa de María. Le dolía mucho el brazo izquierdo y en la cabeza comenzó a sentir punzadas de dolor. Después de saludar a María y hacerle una exploración, la recetó unos medicamentes y la tranquilizó, pues no había observado más que un pequeño enfriamiento. María le preguntó la causa de que llevara enrollada en su brazo izquierda la revista, pero la explicó que era un sistema preventivo de un dolor que tenía, sin contarle el accidente sufrido.

Volvió a montar en la Mobylette y regresó lentamente al pueblo, pensando; “Ser médico de pueblo no es una profesión, es un desafío”

Los árboles le recibían ahora lentamente, las nubes contemplaban el paso del jinete valeroso, los rayos del sol le acariciaban la espalda desde el Guadarrama. Recordó sin querer “Fiesta”, aquel poema de Juan Ramón Jiménez: “las cosas están echadas mas, de pronto, se levantan, y, en procesión alumbrada, se entran, cantando, en mi alma”