domingo, 3 de abril de 2011

Un amanecer especial.


Un amanecer especial.

Esa noche tuvo Gabriel un único pensamiento, ver el amanecer del día siguiente. Quería ver cómo se asomaba el sol sobre las cumbres del Guadarrama, espiar los movimientos de la vida emergente en ese campo que tanto amaba, contemplar el despertar de las flores, los primeros vuelos de las aves, respirar los primeros aromas de la madrugada, abrir los ojos a las luces del alba y sumergirse en la vida que se iniciaba en derredor. Se levantó, por tanto, cuando la noche declinaba, la luna intentaba escabullirse ante los primeros rayos del sol y los grillos entonaban sus últimos cantos. Era tal el silencio que oía crujir las vigas de madera de su techo, que trataban de dilatarse un poco para huir del frío de la noche.

Encendió la luz de la mesa camilla de su dormitorio, enrolló una bufanda alrededor de su cuello, abrió su carpeta de hojas blancas y, de frente a su balcón, mirando unas veces hacia el cielo aún estrellado y otras hacia la carpeta, comenzó a meditar en medio de ese absoluto silencio. De vez en cuando, escribía a lápiz unas cuantas líneas. Su intención era recordar por escrito algunos momentos de su vida en esa maravillosa tierra del Guadarrama y anotar aquellas de sus ideas y poesías que se ajustaran a sus recuerdos. Porque realmente, pensó, vine a este pueblo “a compartir mi pluma, mis ideas y toda la poesía que pude recoger en la palma de mi mano” y ahora debo terminar mi estancia en él porque ”mirando al mar abierto de mi vida, descubro que mi barco ya ha pasado”.
En la noche seguía reinando la oscuridad. Sólo destacaba la luz del lucero, ese blanco lucero que avistaba todas las madrugadas cuando intentaba descubrir desde su balcón las luces lejanas de los pueblos del Guadarrama. En una de sus poesías Gabriel le había preguntado al lucero: ¿Es ésta la noche de los poetas, la siempre cantada, noche clara y misteriosa, cómplice de amores eternos a la luz de la luna? ¿Es esta la noche de las rondas, de las juergas tabernarias, de los desafíos, de los amantes nocturnos? e intuyó que el lucero contestaba: “No, Gabriel, ésta es la noche de la despedida, del desasimiento, de la profunda tristeza”.
Entonces recordó otro de sus poemas: “amo a la noche de las caricias y de los susurros, de las meditaciones, de la lectura a media luz y las confidencias en voz baja, amo contar historias a los niños cerca de la lumbre del hogar, mirar la luna a través de las ventanas, contar sílabas rememorando sensaciones y soñar con la llegada de un nuevo día de luz y de esperanza”.
Esta noche estaba realmente triste y deseaba que amaneciera.
En el campo, entretanto, la vida comenzaba entonces a despertar. Los pájaros empezaron a moverse para ocupar posiciones en las ramas de los árboles, dando pequeños aleteos para vigorizarse antes de volar. Disminuyó el canto de los grillos y algunos insectos iniciaron su efímera vida. El sol, asomando con fuerza sobre las cumbres de La Pedriza, sembraba gradualmente de colores el campo. Gabriel había escrito hacía algún tiempo un poema, pidiendo ”que empapen mis pulmones los olores del bosque, que musgos y tomillares aniden en las piedras y solares y presten su humedad a los alcores”.
Pero la tristeza que sentía ahora no tenía comparación como la que tuvo al conocer en su infancia la enfermedad de Quico, el niño azul, el hermano de su amigo Santos y las lágrimas de su madre, desconsolada, mirando al cielo.
Ahora, con el lápiz en la mano sólo pudo escribir este poema:“Cuando escribo me olvido de la categoría y busco casi siempre lo sencillo y humano, no siempre lo consigo, e intento la armonía entre lo que persigo y lo que viene a trasmano, huyendo a ser posible de la sensiblería”, pero “añoro de mi infancia, con gran melancolía, el canto de los grillos, las noches del verano, el olor de los campos al despuntar el día y el rumor de las fuentes que abre el hortelano para regar la tierra que abrasa la sequía”.
Y es que recordaba su infancia como una edad maravillosa, la edad del descubrimiento de los nidos, de la captura de conejos, de la persecución de lagartos y lagartijas, de los saltos sobre los montones de paja en la época de las eras, del baño en los charcos y regatos, de la búsqueda de los huevos de las gallinas y el refugio con sus amigos en los escondites infantiles ideados entre matorrales, robles y encinas.
¿Cómo podría olvidar aquella historia del murciélago en la casa de Dios? Pensó en lo que le dijo una vez Alberti a Vicente Aleixandre: ¿de dónde vienes tú, desde qué fondo de los años me llegas…? Siempre recordaría la enorme nariz de Eugenio, el sacristán, la pandilla de chiquillos vestidos de monagos llevando el copón al párroco Don Julián, el reposo silencioso del murciélago debajo del coro y el momento de encender los focos para ver el retablo, teniendo presentes los versos humanos de César Vallejo: ¿de qué deslumbramiento áfono, tinto, se ejecuta el cantar de los cantares?

La luz del día dominaba con su claridad todo el espacio y Gabriel, abandonando esos buenos recuerdos, se asomó al balcón para volver a mirar el paisaje que tanto amaba. Respiró hondo y llenó sus pulmones de aire fresco. Los arbustos de jara, florecidos y olorosos, se extendían a su alrededor. A lo lejos, entre los jarales, emergían grupos de pinos altos y de copa redonda. La vegetación cubría todo el espacio hasta la línea de horizonte que dibujaban los montes del Guadarrama. Unos tordos volaron en la altura en dirección noroeste. Después de unos instantes regresó a su mesa camilla.

¿Y cómo olvidar la historia de la cruz de Miguelito, el hijo pequeñito de Dios? El señor Ramírez había regalado una cruz de plata sobre una base de mármol blanco y alguien la robó de la iglesia del pueblo. Nadie sabe que, pasados unos meses, Miguelito bajó al río, muy cerca de La Rinconera, para escudriñar los sitios donde se criaban los sapos. No estuvo muy seguro y por eso no se lo contó a nadie, pero muy en el fondo del río, y tapado por unas hierbas espesas, creyó ver un, casi imperceptible, reflejo blanco y plateado. Gabriel recordó aquel río truchero al que fueron a pescar juntos Miguelito y él. Su agua descendía por el río sin turbulencia pero con mucha rapidez, sin verse el fondo de esa masa incolora, quizás un poco oscura, que le hizo recordar la poesía de Juan Ramón Jiménez:”No se ve el agua, pero en su presencia oscura, se baña la desnudez eterna para la que el hombre es ciego”.

El tiempo fue pasando demasiado deprisa al evocar estos recuerdos y Gabriel los escribía con ansia, como si fuera absolutamente imprescindible dejar ese testimonio personal en las cuartillas blancas de su carpeta. Pensaba ir a desayunar al bar del señor Emilio una vez terminado ese trabajo que se había impuesto. Se quitó la bufanda, que ya no le era necesaria por haber subido la temperatura y estiró sus brazos, descansando por unos momentos de escribir.

Recordó aquellos versos que escribió un día después de una introspección personal: “amo la soledad mas acepto lo cercano, el silencio me llena más que la algarabía, me avergüenza mucho hablar cuando yo soy profano, ansío la libertad, valoro la teoría y a todo el que me habla le considero hermano”. La palabra hermano le llevó a recordar a los amigos perdidos en el tiempo o en el espacio.

¿Cómo olvidar a Luis, un hombre de gran formación y espíritu abierto, vecino del pueblo, fallecido en Saint Gallen al poco tiempo de empezar una nueva vida en Suiza? ¿Por qué fue su destino tan cruel? ¿Por qué no pudo estar con él en esos momentos terribles y estrechar su mano con fuerza para reincorporarle a la vida?

La guerra perdida con Claudio fue también una experiencia dolorosa y triste. Al menos, sin embargo, pudo estar con él, entregarle su amistad y distraerle en aquellos momentos tan difíciles y dolorosos. Recordó a Claudio narrando su peregrinación a los médicos de Madrid, sus esperanzas, sus recaídas, la toma de medicamentos, su soledad en este pasaje de su vida y la confesión de que se sentía derrotado por un enemigo invencible.

“Esta guerra la voy a perder, Gabriel. Mi espíritu puede poco contra el designio de los dioses. Te pido que me ayudes a luchar contra esta angustia que me invade. No es miedo, acepto lo inevitable, pero necesito alguien que me eche una mano en esta soledad en que me encuentro”. Recordó cómo tendió su mano y le apretó fuertemente su antebrazo. Al perder Claudio su guerra aquel atardecer del otoño, desapareció de repente, como dijo el poeta José Angel Valente, “la súbita concentración de luz visible de las tardes de otoño”.

Muy gratificante fue sin embargo su amistad con el señor Raimundo. Antes de llegar a su casa, Gabriel había ya perdido cualquier referencia con el pueblo, sumergido entre jaras y matorrales, empapándose en esos aromas de lándano y de tomillo que tanto le embriagaban, siempre mirando al Guadarrama, recordando aquello que dijo José Hierro en su poema : “Qué sosiego volver, hablarte, abrazarte con mis miradas”. A partir de su conversación con el señor Raimundo alrededor de su chimenea, Gabriel quedó muy tranquilo al pensar en lo futuro, en lo inaccesible. Nunca lo olvidaría, el señor Raimundo no iría nunca al infierno. Esto le resolvió muchos problemas, recordando en esos momentos a Gabriela Mistral “sin saber tú que vas yéndote, sin saber yo que te sigo, y seguimos, y seguimos, ni dormidos ni despiertos”.

La conversación con Santos en la “cena de los hombres” fue asimismo muy gratificante. Gabriel pensó que había sido oportuna y había finalmente contribuido a transformar el primer beso de Ana y Santos en una feliz unión matrimonial. Durante la cena, allí arriba estaban, permanentes, las estrellas. La luna había dejado de estar de perfil y miraba más de frente, más blanca, más cercana, como queriendo integrarse en la fiesta y participar con su luz en la cena de los hombres del pueblo.

Cuando la amistad entre las personas es auténtica, puede haber un intercambio de pensamientos entre dos amigos que ayuden a esclarecer los planes futuros individuales, como ocurrió entre Gabriel y Andrés en sus charlas de la fisura, contemplando la lluvia a cubierto mientras comían sus bocadillos de jamón y sorbían su café caliente. Y miraban los campos y quebradas recordando el poema Octubre” de Luis García Montero:”a veces mar abierta, pero a veces niebla y distancia”.

Quizás el encuentro con Ernesto en “Los robledos” al pie del monumento al guarda forestal fue el más reflexivo y hondo de los habidos en sus excursiones por el Guadarrama. Las referencias a las teorías de Teilhard de Chardin, sobre la “unificación” o “la unión” le habían hecho recordar a Luis Cernuda en su poema “las ruinas”: “todo lo que es hermoso tiene su instante, y pasa. Importa como eterno gozar de nuestro instante”.

El encuentro con Tomás Enciso y su guiñol de títeres le había emocionado, al tratarse de conectar con personas que trabajaban en la vida con seriedad y vocación. Por eso, al pensar en ello siempre recordaría que yendo hacia el ayuntamiento para preparar la organización del guiñol, el cielo estaba muy azul y Gabriel, al mirarlo, pensó en esos versos de Rafael Alberti; “El cielo es todavía muy azul, tan azuladamente azul que, a veces, me hace llorar y entonces - cosas de viejo -pienso que mis lágrimas son también azules”.

Muy emocionante y espiritual fue su encuentro con Gabino Sánchez en la iglesia del párroco Don Julián, donde descubrió que se puede hablar con Dios fumando, por muy escondido que se esté en los últimos bancos y la soledad en que vive de un hombre viudo, aferrado a su tierra y con entrega al Dios en que cree. Inolvidables aquellos versos de Elvira Daudet que le hizo recordar la sorpresa de Gabino cuando se interesó por él: “inesperadamente existo, alguien me piensa más allá de las pálidas fronteras de los años quemados”.

¿Y como olvidar a Don Ricardo, ese entregado médico de familia, auténtico médico de pueblo, capaz de sobrellevar fracturas y dolores y entregarse personalmente para cuidar de sus enfermos?

Los recuerdos afluían a su mente en torbellinos y la punta de su lápiz se desgastaba en las hojas blancas que había situado encima de su mesa. Gabriel dejó de escribir, se asomó de nuevo al balcón y llenó sus pulmones de aire fresco. Recogió los papeles, se aseó lentamente, meditando en las ideas y emociones que había recordado durante esas horas y se dirigió al bar del señor Emilio para desayunar.

Después de saludarle, tomó como desayuno un café y dos grandes rebanadas de pan tostado con aceite de oliva virgen y miel. Le encantaba ese pan de pueblo, con un sabor especial a masa de trigo tostada y el señor Emilio conocía el punto exacto de tueste que convertía el desayuno en un festín de aromas y sabores.

Después, durante bastante tiempo, estuvo ordenando sus hojas blancas y escribiendo algunas líneas en una de ellas. Finalmente, después de pagar su desayuno se dirigió a la cocina y abrazó a Elisa con un cariñoso abrazo. Al salir, se despidió del señor Emilio y salió lentamente a la calle.

El señor Emilio se dirigió a la mesa donde había estado desayunando y observó que había olvidado encima de la mesa, doblada, una hoja. La recogió y, desdoblándola, leyó en ella: “Amigos del Guadarrama, esta es mi tierra, tan pegada a mí por el viento y el agua, que se ha convertido en mi propio barro, del color de mi propia carne. Si tengo ocasión, enterraré en ella mi corazón y lo repartiré para que se disuelva en pedazos, unos en esta mi tierra, otros en mi historia, el resto diseminados en la vida de los demás”.

Afuera, en la calle, el sol incitaba a vivir, el cielo azul a soñar y la algarabía de los pájaros sonaba como una música lejana. Gabriel decidió descansar de una noche tan especial y encaminó sus pasos hacia el campo, su campo del Guadarrama, entregándose a una meditación profunda que le explicase las razones del esplendor de su tierra.


viernes, 1 de abril de 2011

Esplendor de la tierra del Guadarrama.


Esplendor de la tierra del Guadarrama.


La tierra del Guadarrama ha estado siempre en auge tanto ella como sus habitantes y fue en todo momento esplendorosa, desde las altas cumbres de sus montañas hasta los regatos más humildes de sus tierras bajas. Siempre ha tenido una gran categoría y una luz especial, unas veces durante las madrugadas, otras bajo el brillo de la luna y las estrellas, tumbada bajo el sol, soliviantada por las ráfagas violentas de tornados y huracanes, bajo la lluvia, bajo la nieve o sometida a un clima abrasador. Pensaba Gabriel que todo pudiera ser una ensoñación, un arrebato de amor y que quizás tenía razón Abigrael cuando decía que “existen en el cielo cuatro ángeles superlumínicos mayores que se ocupan de la vida humana sobre la Tierra” y que ellos hubieran elegido entonces a los habitantes de estos pueblos tan modestos y amados. Pudiera ser también que los Querubines, ángeles custodios de la luz y de las estrellas, hubiesen decidido iluminar especialmente a la tierra del Guadarrama o que los ángeles responsables de la organización armoniosa del universo habitado hubiesen favorecido a esta tierra. Pero lo cierto es que Gabriel, mirando en torno suyo, siempre veía a su tierra brillante, resplandeciente, impresionante por su belleza y por su grandeza. Nunca se sentía solo cuando caminaba por sus campos. Estaba rodeado de las almas de los poetas, de sus antepasados, de los hombres y mujeres que lucharon por su tierra. Miraba hacia las montañas y veía el transitar de los viejos espíritus, surcando las nieves, fragmentando rocas, desviando tormentas, abriendo el paso a las nuevas generaciones que se acercaban. Juan Ramón Jiménez, en profunda depresión, se refugió el año mil novecientos tres en Guadarrama, en la casa del doctor Simarro. Allí escribió su libro “Pastorales” con poemas basados en aires populares, aunque lo esencial era el “yo lírico” del poeta. Juan Ramón vino a esta tierra, según la opinión de Gabriel, no sólo buscando la solución de la depresión nacida a raíz de la muerte de su padre, sino por anhelo de eternidad, para sentir la presencia de Dios, no como sentimiento religioso, sino como cúspide de la creación artística ¿Cómo no iba a elegir esta tierra esplendorosa, este mundo que transpira espiritualidad al borde de sus bellísimas montañas? Puede ser que alguna noche divisase en una cumbre de esas montañas a la luna creciendo como una planta, como le sugirió a Gabriel un verso del poeta Carlos Oquendo de Amat, o le trasportase a sus entrañas, como recordaba Antonio Machado en su “Poema eres tú, Guadarrama” o viese una luz vehemente y oscura, de tormenta sobre sus cumbres, como apuntó Leopoldo Panero en su poema “Por donde van las águilas” y buscara evadirse en silencio hacia las alturas con su exquisita alma lírica. El hecho es que esta tierra, la tierra esplendorosa en la que habitaba Gabriel, le transportaba también a él por sendas líricas, hasta lograr penetrar en una profunda espiritualidad. Caminar por sus campos, atravesar sus quebradas, escalar sus cumbres, le hablaban a Gabriel de buscar la esencia del “ser supremamente uno” y sentía su carne desolada “transformarse en amor” en una plena entrega a sus gentes, a su historia, a su realidad actual y a su futuro. Gabriel siempre estuvo de acuerdo con Rafael Alberti cuando éste escribió “en la paleta de Velázquez tengo otro nombre, me llamo Guadarrama” Bastaba con dejarse llevar por la belleza de su colorido y pasear por sus campos recordando aquello que dijo José Hierro en un poema: “Qué sosiego volver, hablarte, abrazarte con mis miradas” El amor a la tierra se parece al amor a una mujer. Da vida y sentido a la vida. La tierra nos da fuerza y nos abraza, sin desmayo, siempre protectora, alimentándonos, haciéndonos sentir inmortales. Todos hemos nacido de ella y volveremos a ella, para integrarnos de nuevo, para fundirnos en su sustancia. Y allí estaremos todos, hermanados, unidos a su destino para siempre. El amor de una mujer nos dimensiona, nos fortalece, nos anega como un mar distinto que penetra en nuestra sangre y nos da vida, con una fuerza imparable que transforma nuestra realidad y nos hace volvernos soñadores, decididos, valientes. Cuando Gabriel contemplaba el Guadarrama pensaba ”la tierra de la que vengo es dura, pero fértil, tiene brazos y muslos de agua cuando llueve, si la piso me duelen las entrañas y no duermo hasta hacerme perdonar” Cuando Gabriel meditaba en el amor a una mujer pensaba ”la suma de nuestras esencias constituirá el amor eterno que siempre soñamos, no la absorción, sino la mutua dilución, tú en mí, yo en ti, uniendo nuestras esencias en un todo irreversible y eterno” Siempre lo mismo, mutua dilución de las esencias con la tierra y con la mujer. Los mejores poetas siempre han amado la tierra del Guadarrama. Vicente Aleixandre, en lo alto de la Senda de los poetas, en Cercedilla dice “Desde esta cima solitaria os miro, campos que nunca volveréis por mis ojos, piedra de sol inmensa, eterno mundo, y el ruiseñor tan débil que en el borde lo hechiza” José García Nieto escribió “afila Siete Picos en la sombra su aguda dentellada” y Luis Rosales “las noches de Cercedilla las llevo en mi soledad y son la última linde que yo quisiera mirar” Las rocas del Guadarrama son únicas, irrepetibles. Quizás pensase alguna vez en ellas Pablo Neruda cuando escribió estos versos: “de endurecer la tierra se encargaron las piedras: pronto tuvieron alas: las piedras que volaron, las que sobrevivieron subieron el relámpago, dieron un grito en la noche, un signo de agua, una espada violeta, un meteoro” El mismo Gabriel, mirando hacia le montaña escribió: “Cuando se oculte el sol y acabe el día, mi espalda sobre ti, mirando al cielo, yo quiero verme allí, montaña mía, fundido entre las rocas de tu suelo” Pero la tierra del Guadarrama no sólo es montaña, son los prados, bosques, solares, ríos y praderas. Escribió un día Gabriel, mirando a su tierra: “mirar cómo el vuelo de los tordos rompe la soledad, trabajan las hormigas por el suelo, silba la culebra, vuela el moscardón negro y verde, se ocultan las rocas bajo las matas, medio enterradas bajo las jaras y el sol hace la tarde naranja y oro” La vida humana en la tierra del Guadarrama se condensa en sus pueblos, de casas de piedra, de hogares con chimenea, de calles amigables y acogedoras. Muchas veces recordaba Gabriel sentado en su mesa favorita del bar del señor Emilio aquellos versos del poema “Elegir mi paisaje” de Mario Benedetti: “Ah si pudiera elegir mi paisaje, elegiría, robaría esta calle, esta tarde recién atardecida en la que encarnizadamente revivo y de la que sé con estricta nostalgia el número y el nombre de sus setenta árboles” Cuántas veces, desde el privilegiado ventanal del bar del señor Emilio había contemplado Gabriel sus árboles, unas veces frondosos, llenos de vida, habitados por pájaros alborotadores, otras veces fríos, similares al mármol, descritos tan bien por Juan Ramón Jiménez: “como los mismos dioses, sin morir, os cambiáis, en pie, de árboles en mármoles” La tierra del Guadarrama es, en sí, pensaba Gabriel, esplendorosa. En sus bosques se mezclan olores diversos emanados por los diferentes árboles que conviven en él, acebos, arces, abedules, castaños, rebollos, tejos, pero también se amalgaman los diferentes olores de los helechos, enebros, retamas e incluso, en ciertas alturas, del piorno serrano. A todos estos olores se unen el de las zonas húmedas, el básico olor de las resinas y el de la hierba de los pastizales ocasionales que lo bordean. En sus llanuras y campos bajos se extiende el bosque verde y negro de los encinares y proliferan los arbustos de jaras, muy olorosos, que cuando florecen se cuajan de hojas blancas y se mueven y ondean movidos por el viento, capitaneando los colores del mundo vegetal que les rodea, como el amarillo de los talaprados en plena floración, el verde de la hierbabuena, de la menta y del tomillo y el morado de la lavanda y el espliego. Gabriel hubiera deseado ser un poeta para cantar a esta tierra esplendorosa, aunque tuviese que parar en mitad de un verso, como escribió Gerardo Diego: “murió en mitad de un verso, cantándole, floreciéndole, y quedó el verso abierto, disponible para la eternidad, mecido por la brisa, la brisa que jamás concluye, verso sin terminar, poeta eterno” Si Gabriel hubiese sido encarnado en un águila, una paloma, un mirlo o un sencillo tordo, hubiese querido sobrevolar las iglesias de los pueblos del Guadarrama. Iglesias de piedra, construidas sobre grandes moles de granito, toscos portales cerrados con grandes puertas de madera de roble, altos campanarios con campanas en alerta de los paisanos, donde las cigüeñas crotoran cuando vuelven a visitar sus espacios amados, los vencejos y golondrinas vuelan silenciosos en las madrugadas y los murciélagos se afanan en la penumbra para alimentarse de insectos con sus sorprendentes vuelos y veloces piruetas. Hubiese asimismo querido admirar desde lo alto los perfectos bloques pétreos del Acueducto de Segovia, sus iglesias románicas, las casonas fabricadas con piedras de musgo, las incomparables calzadas romanas, los castillos medievales y los altos muros de piedra de las fortalezas militares. Una sinfonía granítica sobre una tierra elegida por los dioses. Desde las altas montañas y las quebradas graníticas, a través de grietas y fisuras, desciende el agua nacida de su seno o de la nieve, formando arroyos y ríos de un agua limpia y un descender vertiginoso, hasta que acaban tranquilizándose al final de su recorrido, como decía aquella poesía de Gerardo Diego en su “Romance del Huécar”: “nunca vi un río tan íntimo, nunca oí un son tan de seda, en el resbalar de un ángel” Según el Calendario de Ussher, Arzobispo anglicano del Condado de Armag, en la actual Irlanda del Norte, Yahvéh creó la Tierra el domingo veintiséis de octubre del año 4004, antes de la era vulgar, al mediodía. La tierra del Guadarrama nació para Gabriel una madrugada: “Era una noche clara, luz de luna creciente, el Guadarrama hacía las veces de frontera de los primeros rayos del sol de primavera y el canto de los mirlos se anunciaba inminente” Desde ese momento amó a su tierra y ese amor fue creciendo con el tiempo segundo a segundo, mes a mes, año por año. Gabriel se dejó seducir, en cierto momento, por la meditación poética y mística de T.S.Eliot sobre la naturaleza del tiempo al leer estos maravillosos versos: “Tiempo presente y tiempo pasado se hallan quizás presentes en el tiempo futuro y el tiempo futuro dentro del tiempo pasado. Si todo el tiempo es eternamente presente, todo el tiempo es irredimible. Lo que pudo haber sido es mera abstracción, quedando como eterna posibilidad solamente en el mundo de la especulación. Lo que pudo haber sido y lo que fue apuntan a un solo fin, que está siempre presente” También como él sentía Gabriel una inmensa atracción por la belleza, que se identificaba por su admiración por la tierra del Guadarrama y que podría condensarse en su elogio hacia ella: “luz de mi juventud incandescente, hálito de eterna paz en mi inconsciente, reflejo de mi yo, pan de mi ayuno” Una vez, tomando un café en el bar del señor Emilio, le preguntó éste: Gabriel ¿por qué quieres tanto a tu tierra? Y Gabriel no pudo contestarle, movió la cucharilla del café para deshacer un terrón de azúcar y le miró, silencioso, con una sonrisa. ¿Cómo explicarle al señor Emilio lo que sentía, si él mismo no podría compendiar sus sentimientos? El estaría siempre inmerso en su tierra y “entre los otros, entre ellos” como pensaba Vicente Aleixandre.