lunes, 5 de julio de 2010

Mirando al mar.





La bahía de Santander.



Estoy pisando el puntal de Somo,
arena y agua, agua y arena,
hundiendo mis pies en su bellísimo espolón,
saludado por gaviotas argénteas
que se dirigen veloces
hacia la línea azul y verde
que dibuja el contorno de la bahía. Allí….
rompe el indiano el horizonte,
deshaciendo la altura desde Peña Cabarga
para frustración de poetas y jándalos. Allí….
el verde de Pedreña consuela mi espíritu
hasta la Horadada donde el aire silba
y, en su furia intermitente,
hunde a veces barcos y esperanzas
desde su isla hasta los astilleros. Allí…
en el puntal estoy descalzo
y me arrodillo en la arena
blanca y beis, beis y blanca,
inmerso en el recuerdo
y anonadado ante la belleza del presente,
como homenaje a la ciudad de mis sueños,
que se ve en la distancia rodeada
de barcos, palmeras y tamarindos. Allí…
te recuerdo entrando en el agua,
valiente, salpicada de gotas de mar,
mirándome de soslayo,
enardeciéndome con tu sonrisa clara
y tu cuerpo húmedo y armonioso..
No hay tiempo para recorrer La Magdalena,
subir al faro o seguir
el sendero de piedra de la costa
para observar las rompientes desde su altura.
El día es azul y manda el sol en el Sardinero,
playas de cuidada hechura, donde dejamos olvidados
nuestros mejores años. Allí…
desde el médano, hundidos mis pies en el agua,
repaso nuestros instantes,
nuestros encuentros, nuestro amor permanente,
los paseos oliendo a yerba recién segada,
las rabas con vino blanco en Marucho,
las misas en los capuchinos,
los chipirones encebollados en el barrio pesquero,
los cafés con los amigos,
los conciertos de Narciso Yepes
en el claustro de la catedral,
nuestros paseos hasta la ciudad,
nuestra meditación
sentados en un banco con Gerardo Diego,

frente a su “ clásica y romántica bahía ”
nos sentimos unidos una vez más,
llorando con Carreras en la Plaza Porticada,
alucinados ante la maestría de los jóvenes pianistas
en el concurso de Paloma O’shea,
enamorados siempre de la brisa húmeda del mar,
brisa salvadora, brisa nunca olvidada. Allí…
tuvieron nuestros hijos su primera adolescencia,
salvados por la música, por los tamarindos,
absortos ante la biblioteca de Menéndez Pidal,
que a su misma edad había comenzado a construir
un rascacielos de la inteligencia. Allí…
no sé si mirarte con mis ojos de ahora
o con los de antaño,
te veo tan bella, tan inmutable, tan azul,
que debo ser yo el cambiado, el distinto,
porque tú permaneces,
siempre fiel a tu espacio, a tu agua, a tu arena…





4 comentarios:

Marcos Callau dijo...

Qué forma tan maravillosa de transmitir el amor a una persona y el amor a una tierra a partes iguales. Leyendo tu poema he recordado la canción de Jorge Sepúlveda "Mirando al mar", no lo he podido evitar. Es admirable la forma en la que mantienes el ritmo en un poema de verso libre. Enhorabuena.

Ananda Nilayán dijo...

Todo un recorrido por lugares y sensaciones.Tda una vida en cada lugar, Fernando.
Me llama la atención lo de los tamarindos. No sabía que hubiera.
Ves??? cada día se aprende algo.
El final me ha gustado mucho; es verdad que hay lugares que permanecen fieles a si mismos y que nosotros somos los que vamos cambiando.

Un abrazo

Laura Gómez Recas dijo...

¡Qué maravilloso poema!

Según lo iba leyendo, iba lamentando llegar al final, iba sumiéndome en la melancolía. Esa pisada en la arena, al borde, en la orilla, para recordar y meditar y mirar atrás.
Casi oigo el ruido del mar esta tarde, gracias a ti.

Un beso,
laura

Jorge Torres Daudet dijo...

Apetece zambullirse en ese continente de sensaciones que es este poema; esas aguas con puntillas, las rabas, los chamizos de los pescadores, los conciertos de los patrocinados de la sra. Botín.
... No sé si cambiar la ruta.
Un abrazo.